miércoles, febrero 8, 2023
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EL JORNAL LITERARIO

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La conducta animal del hombre

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La conducta animal del hombre

Por el Dr. Juan Jaramillo Antillón*

SEGUNDA PARTE

La conducta humana es la capacidad que tiene el hombre para expresarse física y socialmente en sus actividades durante las diferentes fases de su vida. Les presentamos la segunda entrega de estos ensayos de nuestro galardonado autor. La primera la pueden disfrutar en este link.

(MIÉRCOLES 17 DE FEBRERO, 2021-EL JORNAL LITERARIO). El comportamiento es la forma como el ser humano interacciona con su medio a través de su capacidad o disposición individual que posee para dar respuestas a los diferentes estímulos que recibe. En realidad, es la manera como hace frente a la lucha por la vida respetando los valores existentes, y esta influenciada grandemente por la cultura recibida o imperante en su medio; por ello, desde niño el ser humano está en constante aprendizaje sobre cómo comportarse ante diferentes situaciones.

Las personas pueden reaccionar distintamente ante un mismo estímulo, según su capacidad mental y experiencia. El medio social o entorno contribuye a modificar la respuesta y el individuo influye igualmente en el medio en que se desenvuelve. Una conducta inadecuada a la realidad de la persona o al problema planteado, o apartada de lo usual en el medio donde convive, puede ser catalogada como un trastorno del comportamiento. De acuerdo con esto, la conducta humana puede ser observable por otras personas. Lo normal sería que los individuos tuvieran un comportamiento en relación con reglas sociales y normas de conducta, imperantes en su medio y ojalá morales.

La conducta humana es pues una colección de actividades realizadas por el ser humano bajo la influencia de su aprendizaje cultural, valores, actitudes, emociones, conceptos éticos, persuasión y, además, a veces como una respuesta innata. La forma que tenemos de comunicarnos forma parte de nuestra conducta. Una persona puede dar diferentes respuestas ante los estímulos del ambiente, ya sea ignorándolo o rechazándolos, resistiéndose a ellos o aceptándolos y respondiendo.

Aristóteles hace 2400 años y luego los expertos han señalado que los seres humanos somos animales de costumbres, formamos hábitos y la mayoría por años nos conducimos según esos hábitos. Por eso es tan importante en la niñez enseñar valores y dar buenos ejemplos.

Uno de los grandes debates existentes en cuanto a la conducta humana tiene que ver con qué será más importante para el desarrollo del niño y del jovencito (Nature vs nurture), término que se refieren a las dudas en cuanto a la importancia entre la herencia biológica o genética se refiere a patrones de conducta construidos antes del nacimiento.

Se llama instinto a una disposición innata heredada que induce al animal o persona a actuar o comportarse de una forma determinada frente a estímulos del medio. La conducta instintiva es innata y no precisa aprendizaje. Sigue pautas de comportamiento invariables y especificas ante determinados estímulos y busca ayudar a la supervivencia. Por ejemplo, entre los animales, la tortuguita sale del huevo y corre por la playa rumbo al agua y nada inmediatamente al ingresar a ella, y además busca por su cuenta alimentos. La mariposa sale del capullo y vuela. Entre los humanos, el recién nacido mama y llora sin aprendizaje apenas acaba el parto y llega a este mundo.

Los instintos más relevantes o de supervivencia en el ser humano son los de conservación de la vida, o sea el agresivo o de lucha para defenderse o de la huida frente a una ingresión cuando el animal se sabe incapaz de sobrevivir a una lucha con el agresor. El de la agresión sirve también para alimentarse en un grupo de animales como los leones y tigres y otros más. También está el de la atracción sexual para reproducirse y conservar la especie.

La agresividad forma parte de un comportamiento sistemáticamente competitivo que el hombre ha tenido a lo largo de la evolución y que ha sido en cierta forma necesario, para la supervivencia, y tuvo que ser así ya que al bajar de los árboles y tener que caminar y al dejar la selva e ir a la llanura hace varios millones de años, tenía que enfrentarse con nuevos peligros, nuevos ambientes y tener que adquirir nuevas formas para obtener alimentos. Como nuestro físico no favorecía el ingresó a la llanura por ser poco veloces, fueron los cambios en nuestro cerebro los que nos dieron una mayor inteligencia que el resto de los animales, y esto dio lugar a que creáramos instrumentos e incluso armas para sobrevivir y defendernos o para atacar a ciertos animales para alimentarnos.

Tenemos también como señalamos, la herencia social, también llamada cultural y que se refiere a los conocimientos adquiridos y a las experiencias tenidas en su ambiente desde que se nace y posteriormente, para con ello formar la conducta. Gracias ellos uno responde según las necesidades de cada uno a las dificultades u oportunidades que existen en el medio ambiente. Ese aprendizaje hizo que al comportamiento genético se sobrepusiera el comportamiento social o aprendido en la mayoría de los casos y fue esto en parte lo que nos permitió sobrevivir.

No se ha podido determinar la existencia de un determinado gen de conducta, pero si se acepta que diversos genes interactúan para dar parte de la personalidad del niño. Incluso, los estudios nos muestran que existe un gen especifico para diferentes talentos como el musical, incluso para tocar diferentes instrumentos no en forma corriente, sino en forma magistral. O para la composición musical. Para las matemáticas, para la pintura y escultura, y muchas otras actividades más, esto es muy fácil de reconocer en los genios. Pero, usualmente se requiere que ese niño y el joven crezcan en un hogar o medio donde se le dé la oportunidad de expresarse y mejorar su talento. También es posible que las enseñanzas de sus padres y las experiencias de su medio logren que un niño descuelle en diferentes especialidades y brille como un gran músico, un gran médico, un gran deportista, etc.

En todo caso la herencia se complementa con la experiencia en la mayoría de los casos para lograr que una persona desarrolle sus aptitudes. Aquí debemos recordar que los niños aprenden mejor cuando se les permite cometer errores y vivir las consecuencias, el niño solo aprende a caminar cayéndose y volviendo a levantarse. Este es el principio de la investigación científica, que señala, que se avanza por el “ensayo y el error”.

Debemos tener en cuenta que la conducta humana, como ya dijimos, tiene un componente heredado y otro adquirido. En realidad, la comprensión de un problema y la respuesta que da el ser humano, está producida por la mente, o sea, el cerebro funcionando, incluyendo la corteza y todo el sistema límbico y en ese proceso participan factores genéticos y fisiológicos (nerviosos y hormonales).

 Todas las personas desde el nacimiento y en algún momento posteriormente se ponen tristes, enojan o se sienten contentas y alegres, se desalientan o se sienten satisfechas y expresan eso como emociones de diferentes maneras. Y es que, sin emociones y pasiones el ser humano no sería tal y parecería un robot más que una persona. Aceptamos entonces que tenemos un porcentaje importante de conducta biológica de componentes innatos que también en menor o mayor proporción poseen los animales, agregada a la adquirida o humana.

Debo señalar las diferencias existentes entre la conducta animal del hombre y la de los animales. Pues no es la parte animal o innata que poseemos la que nos está creando los graves problemas que sufre la sociedad actualmente en forma de “violencia incontrolable”, es la conducta adquirida cuya primera muestra es la vivimos todos los días cuando con nuestro automóvil o yendo en taxi o bus vemos en la llamada jungla de asfalto, donde los accidentes se suceden por exceso de velocidad, licor, o furia de los choferes.

O cuando vemos como todas las casas de ricos y pobres parecen cárceles llenas de rejas donde nos recluimos con temor en las noches ya que las calles se llenan de ladrones y asesinos. Ni qué decir que la violencia criminal empleada por las guerrillas urbanas ideológicamente o por el terrorismo religioso fanáticos, no existen entre los animales. Además, está el narcotráfico, con la enfermedad y la corrupción y violencia que genera.

En la jungla entre los animales tipo mamíferos, la violencia se da por la supervivencia, para protegerse a sí mismo, proteger a su camada de cachorros, para alimentarse o por competencia sexual o territorial. Se ha relatado que a veces grupos de monos colobobos y babuinos luchan hasta el exterminio por un territorio o el alimento. Pero esta violencia es ínfima comparada con la crueldad de las muertes provocadas por el hombre mediante las guerras, donde no solo asesinan a cientos o millones de personas inocentes como en la Primera y Segunda Guerra Mundial, sino que destruyen sus hogares, negocios, industrias, escuelas y vías públicas. Y la justificación siempre está de lado del ganador; pero la realidad es que el principal componente de las guerras es la búsqueda de más poder militar, económico o social, cuando no son territoriales. Les recuerdo que los animales no matan por deporte como lo hace el hombre en las cacerías que organiza.

Para terminar el artículo, les muestro lo que hace 2400 años el famoso filósofo griego Aristóteles, señalaba sobre la conducta humana. Él señalaba sobre el papel del juicio racional de una persona, “este consiste siempre en procurar un equilibrio entre lo excesivo y lo defectuoso, de tal manera que no deje que lo arrastren demasiado sus sentimientos y que no sea tan débil que no desee nada con fuerza. Cuando debemos tomar una posición ética, tenemos que mantener un equilibrio entre no pecar por exceso o por defecto. Para vivir de una manera recta o para ser un hombre bueno no basta con saber cómo vivir y conocer qué haría un ser humano inteligente y sabio, lo importante es que lo hagas, decía este filósofo. Para ser moral hay que practicar las virtudes morales de ser: valeroso y justo, honrado y ecuánime, sabio y modesto. El ser humano, desde el punto de vista de la razón, consiste en ser lo suficientemente inteligente para tomar adecuadas decisiones y acciones en vez de dejarse llevar por impulsos, precipitándose así en encontrar soluciones a los problemas cotidianos. Ya que muchas veces el hombre incurre en error, no porque sea débil de entendimiento, sino porque permite que sean sus pasiones y sentimientos los factores determinantes a la hora de elegir, y no la razón y la inteligencia”.

 

*El autor es Expresidente y miembro de número de la Academia Nacional de Medicina – Exministro de Salud- Premio Nacional de Ensayo “Aquileo Echeverria” 1992 – Distinguished Health Medical Consortium 1998. Por las Escuelas de Medicina de los Estados Unidos y Canadá. Premio Nacional de Cultura Magón 2015. Catedrático de la Escuela de Medicina de la UCR – Profesor Emérito de la UCR. Premio a la excelencia en Salud Pública por el Ministerio de Salud y el Gobierno de CR. 2010. Autor de 38 libros.

El legado de Armando Manzanero

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El legado de Armando Manzanero
Manzanero, como reseña el autor, no tenía una gran voz.

Por Mario Zaldívar

EL JORNAL LITERARIO les trae un artículo exquisito de Mario Zaldívar, en el que hace un balance de sus aportes y su paso por Costa Rica, oportunidad en que pudo haber entregado tres composiciones a un intérprete nacional

(MIÉRCOLES 20 DE ENERO, 2021-EL JORNAL). Los viejos compositores mexicanos como Agustín Lara, son producto del Modernismo, esa corriente literaria que alcanzó su más alto vuelo con Rubén Darío, Amado Nervo, Díaz Mirón, Leopoldo Lugones y otros.

Lara fue un maestro en el uso de la metáfora, en la imposición del adjetivo imprevisto y acertado, pero sobre todo fue un genio en el manejo de la melodía, la gran diosa de la buena música.

Con otros estilos lo siguieron muy de cerca Gonzalo Curiel, Álvaro Carrillo, Gabriel Ruiz, los hermanos Domínguez, María Grever y Consuelo Velázquez, para citar solo a los más conocidos. Todos ellos destacaron básicamente en el bolero, el género de moda en aquella época.

El gran heredero de la composición romántica de la música popular mexicana es Armando Manzanero, pero con otra visión, otro estilo y otras herramientas musicales. Manzanero fue más afín a la balada que al bolero, menos arriesgado que Lara en la proposición de giros literarios sorprendes; su posición fue la de un compositor de letras sencillas pero cercanas al sentimiento del gran público.

Es imposible encontrar en la producción de Manzanero una frase como El hastío es pavo real que se aburre en la luz de la tarde o Blanco diván de tul aguardará tu exquisito abandono de mujer, ambas de Lara. Manzanero fue más directo y en lugar de la primera dijo: “Esta tarde vi llover / vi gente correr y no estabas tú”.

 En relación con la segunda sentenció: “Voy a apagar la luz para pensar en ti”. La estructura, el vocabulario, la adjetivación y el contenido de ambas propuestas son totalmente diferentes; sin embargo, la presencia del genio marca cada una de ellas dentro de una línea melódica de altísimo valor en uno y otro.

Las semejanzas entre Lara y Manzanero tienen que ver más con la profesión de pianistas, la vocación poética, la destreza en el manejo de la melodía y la mala voz.

En relación con esto último, queda el consuelo de que son contados los artistas con elevadísima inspiración y buena voz: Daniel Santos en el bolero, Carlos Gardel en el tango, Alberto Cortéz en la balada y José Alfredo Jiménez en las rancheras. Desde luego, estas son consideraciones muy personales. A pesar de las limitaciones, Manzanero se atrevió a grabar y hasta disfrutaba de ello.

Lara también lo hizo y en hora buena porque esas grabaciones son joyas de la música popular. En cambio, un gigante del bolero no tuvo el coraje de hacerlo y los melómanos nos quedamos sin la voz de Gonzalo Curiel, el autor de “Vereda tropical” y otros temas inmortales. Hoy sería un verdadero hallazgo encontrar grabaciones de María Grever, esa voz que no conocemos, o de Ema Elena Valdelamar. En resumen, Armando Manzanero se formó como pianista, se consagró como compositor y se divirtió como cantante.

Armando Manzanero, como reseña el autor, no tenía una gran voz.

LAS COMPOSICIONES

Alcanzar la gloria como compositor de música popular es matar dos veces al dragón, pues los cantantes lo matan solo una vez. El compositor debe vencer a la competencia y también a las amenazas del anonimato, que suele tener socios muy fuertes en las casas disqueras, en los libros de historia de la música y en los medios de difusión.

En general, la gente canta la canción sin saber quién la hizo, el cantante la interpreta sin decir quién la compuso y el bailarín la disfruta sin pensar en el autor. Durante décadas el compositor recibió migajas de su producción, hasta que las leyes de derechos de autor hicieron justicia con su oficio, de modo que sobresalir en esta profesión fue una labor titánica, que triunfó gracias al talento de ciertos individuos como Armando Manzanero.

De muchas formas, nuestra generación ha tenido el privilegio de ser contemporánea de un compositor de la talla de Armando Manzanero, como nuestros abuelos tuvieron a Agustín Lara y nuestros padres a María Grever. Nuestro vocabulario romántico, nuestros recursos de conquista y nuestra forma de bailar están íntimamente ligadas a la música de Armando Manzanero y en términos de éxitos y fracasos sentimentales, la deuda con este compositor yucateco es inmensa.

Las canciones “Yo te propongo”, “Huele a peligro”, “Adoro” y “Yo sé que te amo” son poemas para iniciar una conquista. Los temas “Somos novios”, “Tengo”, “Contigo aprendí” y “Cuando estoy contigo” funcionan como elementos contundentes para reafirmar lo conquistado.

Cuando la relación se ha roto, conviene acudir a ciertos mensajes para recomponer las relaciones: “Todavía”, “Te extraño”, “Voy a apagar la luz”, “Esta tarde vi llover”, “Esperaré” y “No sé tú”. Todas estas canciones ayudan a recuperar lo momentáneamente perdido. Pero cuando el amor se acabó para siempre y solo quedan despecho y revancha, vienen a la mente las letras hirientes de “Llévatela”, “No”, “Mía”, “Aquel señor” y ese grito desgarrado del amante inconsolable…”Como yo te amé”.

Sin alardes de gran poeta, con letras sencillas, Armando Manzanero nos acompaña por todas las etapas emocionales de nuestra vida, como un buen consejero que nos indica el camino a seguir, como el buen psicólogo que nos escucha al otro lado del escritorio y nos receta insistir o desistir, pero lo hace con las buenas maneras de un hombre que ha pasado por todas las turbulencias amorosas de este mundo. Esa es nuestra deuda con los grandes compositores de boleros y baladas.

MANZANERO EN COSTA RICA

 A principios de los años sesenta, Armando Manzanero vino a Costa Rica como pianista de la cantante de moda, Angélica María. Manzanero ya había acompañado en México a Lucho Gatica, a Luis Demetrio, al dúo Carmela y Rafael y a Daniel Riolobos.

Como compositor era un ilustre desconocido. Con Angélica María se presentó en la Filial del Club Sport Herediano, un salón de baile ubicado en la avenida Segunda. En esa ocasión alternaron con un grupo musical de la casa, encargado de la actividad bailable. El cantante de ese conjunto era Fernando González, un intérprete que se acomodaba a cualquier agrupación porque dominaba diversos ritmos y sabía de memoria un amplio repertorio de canciones.

En el descanso – me contó González antes de morir – Manzanero lo invitó a tomar un trago en la acera de enfrente, donde estuvo mucho tiempo el establecimiento La Terraza. Ahí el compositor mexicano le entregó dos o tres composiciones de su inspiración, que a la fecha nadie había grabado, para que él lo hiciera en Costa Rica.

Pasados algunos días, Fernando González botó los papeles y se olvidó del asunto. Quizás en aquel momento aciago, había tirado al cajón de la basura “Voy a apagar la luz”, “Esta tarde vi llover”, “Somos novios” o “Contigo aprendí”, las primeras composiciones de este autor inmortal.

Manzanero volvió a nuestro país en septiembre de 1968, ya como un compositor famoso en todo el planeta. En esa ocasión se presentó en el Costa Rica Tennis Club, alternando con los conjuntos de Solón Sirias y Sus Diamantes. Después retornó muchas veces, incluso cantó ese hermoso bolero nacional “He guardado”.

Será recordado por sus poéticas composiciones.

 

*El autor es escritor, ensayista, Premio Nacional de Novela e investigador de la música popular costarricense y latinoamericana. 

Carlos García Gual: «Es una auténtica barbarie haber suprimido los estudios clásicos»

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Carlos García Gual: «Es una auténtica barbarie haber suprimido los estudios clásicos»
(Foto Círculo de Bellas Artes)

El ensayista e investitador Carlos García Gual, miembro de la Real Academia Española (RAE) habla en esta entrevista con El Cultural, sobre la importancia del estudio de los clásicos y las humanidades, para generar profundidad de pensamiento.

En 2020, García Gual recibió el prestigioso premio Alfonso Reyes, otorgado en México.

A la pregunta de si es un fallo el haber eliminado los programas para el estudio del griego, del latín y de los autores clásicos, respondió:

«Sí, y eso se refleja mucho en la enseñanza que ha arrinconado totalmente a las lenguas y la cultura clásica, lo que es una auténtica barbarie. Tanto en el bachillerato como en la universidad los estudios de griego y latín han sido prácticamente suprimidos de manera oficial. No es que haya sido una crisis interna de los estudios clásicos, que siempre han funcionado muy bien, sino culpa de los planes de estudios, que tienen siempre una orientación tecnológica y comercial, brutalmente práctica. Pensamos que hay que enseñar a la gente simplemente lo que conduce a ganar dinero pronto y eso ha hecho que la cultura clásica, que no es de la vida inmediata, haya sido relegada de manera muy injusta».

Aquella San José de nostalgias y sueños

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Aquella San José de nostalgias y sueños
Foto Jorge Scott

Por Guillermo Barzuna*

(SÁBADO 09 DE ENERO, 2021-EL JORNAL). ¿Como no convocar la nostalgia? La recorrimos bajo la lluvia finita de noviembre, envueltos por el frío delicioso de diciembre; buscábamos las sombras de los edificios en marzo, veníamos ponerse el sol por la Sabana en las tardes de verano. Desde la ventana de nuestra casa se nos aparecía el cormeta mañanero, o nos asus­taba el hongo de ceniza sobre el volcán Irazú. Corríamos por ella rumbo a la escuela, nos cui­daba en los juegos del barrio y miraba hacia otro lado en los paseos de los novios.

Esas callen se prestaron para encuentros y sor­presas: ¿Sería cierto que aquel joven que nos firmó una libreta con su apellido «Gatica», era el inmortal cantante chileno? ¿Y de veras nos mostró nuestro padre a Fulgencio Batista, im­pecable en su guayabera blanca, solo frente al viejo Club Unión? ¿Era Tuzo Portugués el an­ciano erguido que nos saluda frente a la soda Palace?

Además de ser espacio de la expresión política y la rebeldía social, San José fue, para las su­cesivas generaciones, el ámbito de la búsque­da personal. Entonces, la urbe no era todavía ajena ni amenazante. Por el contrario, la vida

entera se anudaba alrededor de las calles es­trechas y tranquilas, en los espacios sociales conocidos: el barrio de sencilla geografía, el cine, el paseo, el teatro, la comida, el trago.

Recordamos, añorantes, los años juveniles, cuando la ciudad, abierta y habitable, surgía como opción de libertad: la ciudad fue nuestro espacio de liberación. Salir de la casa y apro­piarse del espacio público fue el descubrimien­to de que era posible vivir, amar, disfrutar de otra manera, ajena al canon conservador fa­miliar.

La ciudad se abría llena de posibilidades infinitas de tertulias, foros, teatros. Asistíamos al teatro al aire libre; íbamos al gallinero del Tea­tro Nacional a escuchar a Philippe Entremont, a Serrat, a Atahualpa Yupanqui, ver al bailarín An­tonio Gades. Descubrimos pasajes ocultos que nos hacían llegar desde la gradería hasta las butacas, distraíamos en equipo a la boletera y nos colábamos en la consabida cultura de la danza, la ópera, el teatro de títeres y la música sinfónica casi de gratis.

Durante ese inolvidable deambular, veíamor asombrados cómo en la cotidianidad del paisaje citadino se mezclaban de pronto figura míticas: Carlos Martínez Rivas, encerrado en un hotel frente a un calendario lleno de calaveras dibujadas por él, o escondido en algún bar de mala muerte. José Coronel Urtecho, a regañadientes en la ciudad, recordando la «vida poeta en el campo»; Ernesto Cardenal, recindo en el pretil, Sergio Ramírez tantos años ale­jado de su país.

 Algunos pasaban fugazmen­te y dejaban honda huella: Eduardo Galeano, Lincoln Silva, Rafael Alberti, María Elena Walsh, Julio Cortázar, Arahualpa del Cioppo. Otros se quedaban para siempre, como tantos actores chilenos, argentinos y uruguayos que llegaban a «esta aldea» huyendo de la bota militar. Con otros rostros retornaban los personajes de los cuentos de nuestros padres y abuelos, quien nos enteraban que también antes habían vivi­do aquí infinidad de poetas, artistas y políticos Rubén Darío, José Santos Chocano. Juan Aburro. Y el Che Guevara, visitante de la soda Palace.

Creíamos habitar en la ciudad y no nos dábamos cuenta en ese momento de que ella nos habitaba a medida que la recorríamos. Nuestra breve huella sobre las aceras, en la carpa que cobijaba el espectáculo, en la cantina, en los espacios subterráneos, en los pubs del Barrio Amón, en la discoteca, no la marcaban, más bien estampaban en nosotros el sello de una nueva identidad.

Recorríamos la ciudad sin temor y también sin conciencia de que nos estaba enamorando, que sin saberlo ya pertenecíamos a ese conjunto abigarrado de edificios, comercios, personas, espectáculos. Era una forma de apropiarnos de esa “galería ignorada» que nos desnu-
daba la ciudad  de sus muros y su herencia, sus decires, sus grafiti, su pregón callejero.

Conversábamos con un café hasta que nos echaban. Sobre todo eso:conversábamos. La palabra fue nuestra aliada siempre junto con la defensa de la alegría, y del buen humor, por aquello de quien ríe y canta los males espanta.

La palabra y tal vez también el silencio, como recuerda Mercedes. «sentados a la orilla del caño para comernos cualquier cosa, toda la mesada de 300 pesos se nos iba en armar ese momento feliz. Muchas veces veíamos hacia arriba e intercambiamos miradas con la luna. ¿De qué hablábamos, vos te acordás? ¿Qué hacíamos todo ese tiempo? Será que el silencio no nos aburría, porque no me acuerdo de nada. Sí, eran ¢300 con mucho valor adquisitivo. Con ellos comprábamos la luna, el farol, la niebla, las estrellas y las risas, porque si hoy he olvidado las palabras será porque no hacían falta”.

Descubra otra San José en las segundas plantas. (Foto Jorge Scott).

 

*Texto del libro Levantar la mirada, Segundas Plantas en San José, de Flora Ovares y Guillermo Barzuna. Publicado en diciembre de 2020.

Félix de Azúa: «La corrección política es el fascismo contemporáneo»

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Félix de Azúa: «La corrección política es el fascismo contemporáneo»

«La corrección política es el fascismo contemporáneo. Ha cambiado completamente las relaciones sociales y, sobre todo, la vida intelectual. Todos en este momento, y yo me incluyo, nos autocensuramos, porque sabemos que decir determinadas cosas que son absolutamente verdaderas, y reales, nos va a traer tal cantidad de problemas que es mejor callarse. De manera que la opinión política, por ejemplo, ha cambiado completamente. En este momento, un opinador político de los años setenta u ochenta no podría existir. Los propios periódicos no lo contratarían como columnista. En cambio, los que pertenecen a una minoría agraviada tienen encaje en todas partes. Los que llevan la etiqueta de minoría y pueden decir cualquier idiotez. Mientras que el resto nos tenemos que callar muchas cosas», Félix de Azúa en Ethic.

La novela es un torrente que se precipita sobre la vida

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La novela es un torrente que se precipita sobre la vida
Benito Pérez Galdós

EL JORNAL LITERARIO pone en sus manos un artículo delicioso sobre el arte de novelar, en el que se separan los ríos del contenido y del estilo, que apareció en el libro  «El novelista y las novelas», publicado por Emecé en 1959, pero que guarda una gran actualidad.

Por Manuel Gálvez*

(VIERNES 01 DE ENERO, 2021-EL JORNAL). Estilo y prosa. No deben ser confundidos. El estilo es el conjun­to de medios de que se sirve el novelista. Dentro del estilo está la prosa. Pero el término «es­tilo» abarca mucho más: los modos de dialogar, de escribir, de retratar a los personajes, de empezar y ter­minar la novela. Estilo y técnica son voces de significado análogo, pero la técnica se refiere a lo material, a lo exterior. El estilo sale de adentro del autor. Es el modo como su espíritu se realiza.

Pocos tienen estilo propio, personal, original. Pero decir de un novelista que «no tiene estilo» es erróneo: siempre hay estilo, porque siempre hay una manera de expresarse. En los novelistas mediocres el estilo no suele dejarse ver. O se ven los procedimientos ajenos, imi­tados.

Hay quienes opinan que el estilo debe ser siempre el mismo: el cambio de estilo, según ellos, indica falta de personalidad. Pero el escritor cuyas novelas son ex­teriormente iguales, se repite y el repetirse es una des­gracia. Zola escribió treinta y tres novelas, todas com­puestas y escritas de tan idéntica manera que, cuando hemos leído diez, podemos decir que las hemos leído a todas. Balzac no se repitió nunca, ni Flaubert, ni Tolstoi, ni Galdós. Jean Cocteau dijo: “A cada nueva obra vuelvo sistemáticamente la espalda a la que pre­cede: es el medio de estrenar siempre, vale decir, de permanecer joven”.

El estilo no se debe buscar. Debe ser una expresión de la sinceridad, la personalidad, el conocimiento y las ideas.

También influyen en el estilo, y en los cambios de estilo, las circunstancias generales y las propias. El que ha escrito novelas en un pueblito difícilmente po­drá, si se instala en Buenos Aires, seguir novelando con el mismo estilo. Todo influye en el novelista: las crisis económicas, la situación política, las desgracias de fami­lia, las enfermedades. Todos cambiamos algo, por lo menos algo, en nuestras ideas políticas, sociales, lite­rarias y aun religiosas. Quien afirme no haber cambiado jamás es un farsante. Pues bien: esos cambios se re­flejan en el estilo.

No menos, naturalmente, influye el asunto. No han de ser realizadas del mismo modo una novela de la vida contemporánea y una de ambiente histórico; una novela poética, idílica, y una de los bajos fondos; una novela de análisis y una brutalmente realista. El autor de novelas debe poseer, y en alto grado, lo que llamaré “el sentido de la adecuación”.

Se me ha reprochado que mis novelas fuesen muy diferentes entre ellas. En efecto, salvo las once de am­biente histórico, las demás son distintas unas de otras, aunque el modo de presentar a los personajes y de con­ducir el diálogo sea más o menos el mismo. Pero ¿cómo podía ser realizada El Cántico Espiritual, novela de análisis, con igual estilo que La Maestra Normal, no­vela realista e irónica, que refleja la vida de un pequeño pueblo de provincia? El cambio en el estilo y las causas que lo produjeron pueden observarse en la obra de Eça de Queiroz.

Mientras fue ateo, materialista y ex­tranjerizante, produjo novelas objetivas, de técnica ajus­tada, de frase breve, como El primo Basilio; pero cuando se hizo espiritualista, y aun católico, y desdeñó el extranjerismo y volvió los ojos al amor de Portugal, de los campos, de la vida sencilla de su patria, escribió en un estilo muy distinto, en «gran estilo», recurriendo a la frase larga, a las descripciones poéticas.

Pero dejemos el estilo propiamente dicho, y entre­mos a hablar de la prosa.

 

LA PROSA NOVELÍSTICA

 

Honoré de Balzac

Empezaré afirmando que la novela tiene una prosa distinta que el ensayo, la historia, el cuento mismo y otras formas literarias. Paul Bourget dijo de Balzac: “Sus novelas, a las que se ha reprochado estar mal escritas, están, por el contrario, maravillosamente escritas, en tanto que novelas”.

Mientras en el ensayo puede el es­critor hacer bellas frases, recurrir a las imágenes, a los ornamentos de toda especie, en una novela, sí así lo hace, la mata. El novelista —cuando habla directamen­te, porque cuando hablan los personajes no ha de ocurrir lo mismo— debe expresarse en prosa clara, sencilla, so­bria, sin elocuencia ni charlatanería. “Hay que arran­carse el cáncer lírico”, dijo Flaubert, y es verdad.

He citado ya una opinión de Pirandello sobre la moderna y exagerada preocupación de la forma, que “los antiguos no tenían”. Citaré otras opiniones para demostrar cómo se trata de un concepto generalmente aceptado. Anatole France dijo que las novelas no debían estar demasiado bien escritas. Maurois se pregunta por qué, siendo suficiente la palabra, hemos de «adornarla de falsa, fea e inútil pedrería».

Pío Baroja, en uno de sus sensatísimos «pequeños ensayos», dice, refiriéndose a la prosa de las novelas: “Para mí no es el ideal del estilo ni el casticismo, ni el adorno, ni la elocuencia; lo es, en cambio, la claridad, la precisión y la elegancia”.

Todo aquello que interrumpa la emoción, la sensa­ción o el simple relato, debe ser rechazado. Los términos afectadamente castizos son abominables, no tratándose de una novela de asunto español, como La Gloria de Don Ramiro o El Embrujo de Sevilla.

Igualmente per­judicial es el barroquismo. Sin llegar a tanto, el ex­ceso de términos raros no conviene: la búsqueda en el diccionario interrumpe el interés y la emoción. Tam­poco es buena la prosa entonada, como la de Barrés, gran escritor pero no gran novelista; ni la arcaizante, ni, como la de Gabriel Miró, exquisita y artificiosa.

Paul Bourget ha escrito: “La novela debe poseer mo­vimiento, y el movimiento tiene como condición esencial que ninguna frase se detenga y haga una saliente, que los detalles se fundan los unos en los otros y no lean notados. Ocurre en la novela como en los frescos. El ancho golpe de brocha es en ellos necesario, y el refi­namiento del miniaturista sería allí el peor de los defec­tos”. Pero esto no significa que el novelista, puesto que la novela es un género literario, pueda prescindir de la sintaxis y dejarse llevar por el correr de la pluma.

 Bour­get agrega que la novela «debe quedar escrita, no como los Goncourt, con escritura artística, sino sencillamente, en una lengua vigorosa y firme. No es deseable que alguna de sus frases pueda ser señalada como un mode­lo de gramática. Es necesario que no sean incorrectas ni flojas».

Tampoco la prosa novelesca ha de ser demasiado rica de vocabulario, como la de Huysmans. Sobre la prosa de Emilia Pardo Bazán tengo escrito: «La prosa novelesca no debe ser en exceso literaria. Debe ser desnuda, sen­cilla, con el color necesario —jamás con exceso de co­lor— y con la música necesaria, jamás con el ritmo de la oratoria.

Y es sin duda por causa de su prosa que las novelas de la escritora gallega no nos conmueven. A los americanos, ese ruido de palabras nos aburre y des­agrada”. Ahora agrego que, en la prosa novelística, nada cada debe interponerse entre el relato y el lector, pues lo que se interpone puede perjudicar a la «credibilidad».

Ser claro, sencillo, preciso y expresarse con el menor número de palabras. Parece fácil, y no hay nada tan difícil. Quien tiene en la mano una pluma no se resig­na a la sencillez: quiere florearse, asombrar con imá­genes, con barrocas frases. Taine dijo que se necesita­ban quince años para llegar a escribir con claridad y pereza. Acaso baste con cinco.

Eduardo Mallea escribió: “En materia de novela, la buena literatura es la que carece de literatura”. Como se ha leído, opino lo mismo, y desde hace cincuenta años. Pero también opino que, de cuando en cuando, un bello párrafo literario viene bien. Si alguna prosa no velística se acerca a la prosa hablada es la de Baroja, y, sin embargo, en sus novelas no faltan los bellos párra­fos, como aquel sobre el mar antiguo, en Las aventuras de Shanti Andía.

Pero la desnudez no debe convertirse en sequedad. En el cuento, la sequedad puede estar bien: no en la novela. El novelista necesita de una moderada abundan­cia de palabras para seducir al lector, interesarlo, con­moverlo y, si se quiere, engañarlo. El gran narrador debe tener algo de periodista.

No menos mala que la prosa floreada es la impresio­nista. Imágenes impresionistas, aquí y allí, está bien. Pero toda la novela, no. Igualmente es condenable la frase demasiado breve, telegráfica: la del novelista es­pañol Felipe Trigo. Debe rechazarse también la prosa rítmica. Ricardo León escribió gran parte de una de sus novelas en auténticos, aunque disimulados, versos; y Romain Rolland, una novela entera, o casi entera.

No se concibe un error más grande, extraño en escritores de experiencia como ellos. No está mal un poco de ritmo, pero ha de ser muy suave, sin llegar al verso. Algunos buenos escritores, involuntariamente, por falta de vigi­lancia, incurren en tal defecto. Así, en Doña Bárbara, una de las mejores novelas escritas en América, encon­tramos, con frecuencia, versos como éstos: “acababa de servirse un vaso de agua»; «todo era, en efecto, inven­ción suya”; “bañado en sudor, dilatados los belfos ar­dientes”.

Una cierta pureza de la prosa es necesaria: la novela no deja de ser una obra de arte. El novelista debe co­nocer bien su idioma. Nada más abominable que una larga novela escrita con pésima sintaxis. Debemos lograr la corrección gramatical, siquiera para no decir una cosa por otra; suprimir el galicismo inútil; evitar las frases hechas, como aquella de lisa y llanamente”; corregir las cacofonías demasiado notorias; ser implacable para con las expresiones y términos de mal gusto; odiar los consonantes y los varios asonantes seguidos; y cortarse a mano antes que escribir aquello de «loado sea Dios» y otros horrores de la novela española —de la mala, entiéndase— del siglo pasado.

Un problema, tanto de composición como de redac­ción, es el modo de unir los capítulos, los párrafos y las frases. Nada de «como estábamos diciendo» y otras ño­ñeces. Las palabras sin valor expresivo deben ser aho­rradas: los “pues”, los “como”, los “porque”. Así se lo oí en 1910 a Valle-Inclán. Por eso, empleo tanto los dos puntos, lo cual, además de sobrio, es elegante.

 

EL HABLA DE LOS PERSONAJES

 

Eça de Queiroz

Cuanto llevo dicho se refiere a las partes de la nove­la en que habla el autor. Los personajes deben hablar como en la realidad, inclusive incorrectamente. Son ad­misibles hasta los lugares comunes y los términos gro­seros, extranjerizados o hampescos, pero el autor no ha de complicarse con esas cosas.

Los narradores idealistas hacen hablar a los personajes como escriben ellos. Proce­den por afán de unidad o por horror a la vulgaridad del diálogo corriente. Valera no ignoraba cómo habla­ba Juanita la Larga, pero, juzgando de mal gusto el lenguaje campesino, hacía que su protagonista se expre­sase igual que él.

Henri Massis, en su pequeño libro sobre la novela y sus problemas, observa que el novelista moderno escri­be su obra en dos tiempos. En el primero, la prosa, sencilla, natural, semejante al lenguaje hablado, obe­dece al relato. En el segundo, el narrador viste a su nove­la con un nuevo traje, hecho de complicaciones esti­lísticas, de elegancias y gracias verbales. Esto, a veces, aleja a los lectores y resta valor humano a las novelas. En el primer tiempo actúa el novelista: en el segundo, el escritor. Pero el verdadero escritor, aun en el primer tiempo, cuida algo su prosa.

Sobre el segundo, cabe una observación. Vestir ínte­gramente una novela en prosa artística es erróneo. En toda novela debe haber un tono y un movimiento, los que, al ser disfrazada la novela con el nuevo traje, pue­den perderse.

Pero este segundo tiempo es necesario, sólo que debe realizarse con suma discreción. Yo, por lo general no visto íntegramente mis novelas con un nuevo ropaje. Me preocupo de suprimir lo innecesario: un capítulo de veinte páginas queda en quince: borro cuanto huela a lugar común; corto los rellenos.’ Estudio concienzu­damente el original. Coloco una imagen —si la inspi­ración me la da— allí donde conviene.

Reemplazo adje­tivos y verbos pobres por otros más expresivos. A veces, en busca de la mayor sobriedad, de dos frases hago una. Pero me cuido bien de perjudicar al relato. El nove­lista debe vigilarse mucho, ser capaz de renunciamientos y tratar su obra implacablemente, como si fuese la de un enemigo.

Antes, existía un tercer tiempo, hoy desaparecido por­que no lo permiten los editores: la corrección de pruebas. En las pruebas, tanto en las de galera como en las de páginas, se advierten mejor que en el original, aunque esté a máquina, los defectos. En las pruebas, el autor, si no es un ególatra, ve su obra con imparcialidad, poniéndose en el punto de vista de los lectores, de sus enemigos y de la posteridad. Hasta las pruebas, sobre todo las de páginas, no le entra a uno el miedo.

Hermosa época aquella en que podíamos corregir las pruebas cuanto quisiéramos. Entonces, en la corrección de pruebas reaparecía el novelista del primer tiempo. Si en el segundo el artista o poeta había modificado al novelador, en el tercer tiempo, la corrección de pruebas, el narrador se vengaba del artista o del poeta, redu­ciéndolo al mínimo.

No creo que la prosa de las novelas deba ser igual que el lenguaje hablado. El lenguaje hablado es la po­breza y la vulgaridad. Debemos escribir como hablamos, pero en forma expresiva, sin lugares comunes ni frases hechas. La prosa —como ya dije— no ha de ser ni demasiado rica de giros y de voces, ni demasiado pobre.

En ciertos momentos, sí, debe apenas notarse, debe ser descolorizada, espritualizada, reducida a un simple ve­hículo de una sensación. La prosa de Flaubert es per­fecta, pero está hecha para ser leída en voz alta, por lo cual hoy cansa mucho, sobre todo en Salambó y Las tentaciones de San Antonio, libros difíciles de leer. El concepto de Flaubert, dogma de mi generación, hoy re­sulta anticuado.

La novela no es un género extraño al arte. El novelador que sea a la vez artista debe encontrar el punto en que puedan coexistir lo humano, lo novelístico y lo literario.

 

*Poeta y narrador nacido en Paraná, Entre Ríos, Argentina, el 18 de julio de 1882. Fue nominado al Premio Nobel de Literatura en tres oportunidades. Falleció el 4 de noviembre de 1962.

 

Hugh Hefner: el gran editor que se ocultaba tras la fachada de las ‘conejitas’

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Hugh Hefner: el gran editor que se ocultaba tras la fachada de las ‘conejitas’

La serie de Amazon Prime ‘American Playboy: The Hugh Hefner Story’, puso de relieve, en 2017, la figura del creador de Playboy como el gran editor que fue, más allá de su mansión, “las conejitas” y sus excesos

Por Bruno Gálvez*

(DOMINGO 27 DE DICIEMBRE, 2020-EL JORNAL).  En diciembre de 1953, cuando en los kioskos apareció el primer número de Playboy con Marilyn Monroe en la portada, el puritanismo estadounidense sufrió un extremecimiento del que un cuarto de siglo después todavía no se recuperaba.

La idea de una revista que convocara al glamour con una apuesta por el sexo como parte de la vida humana, lejos de las posturas conservadoras de los cristianos protestantes de diversas denominaciones a lo largo y ancho del territorio norteameriano, no se le había ocurido a nadie.

Y ahí estaba un joven, con un título universitario en psicología, con una esposa y una niña que atender, lanzando una revista que solo él había visualizado y que traería controversia desde el primer número de ese invierno del 53, hasta la primavera de 2020, cuando una pandemia global llamada coronavirus arrasó con todo lo que pudo a su alrededor, incluida la edición de Playboy, que ya venía mostrando signos de agotarmiento tras la aparición de Internet.

Hugh Hefner, el editor de Playboy, es normalmente presentado como un ícono de la sexualidad estadounidense, por aparecer reiteradas veces rodeado de “conejitas” y de Playmates, pero detrás de esa imagen de casanova con su eterno harem, se escondía un editor de altos quilates, que dio enormes luchas por la libertad de expresión y que abrió la puerta desde su revista a causas esencias en la sociedad estadounidense, con una repercusión en el resto del mundo.

El primer escollo que tuvo que sortear el editor Hefner (Chicago 26 de abril 1926-Los Ángeles, 17 de septiembre de 2017) fue el conservadurismo extremo en relación con el sexo. Visto en la superficie de la sociedad norteameriana como algo pecaminoso e indigno. Solo digno de los pervertidos.

Resulta que del primer número de Playboy, que fue una apuesta a ciegas, porque su fundador desconocía en realidad si habría un segundo número, se vendieron 51.000 ejemplares de acuerdo con The New York Times, lo que confirmó ya desde esa primera entrega que la visión del creador no estaba errada, y que ahí afuera había una sociedad necesitada de romper las amarras.

Si solo ese hubiera sido el aporte de Playboy, la revista habría alcanzado un objetivo mayor. La publicación, no obstante, fue mucho más lejos, y le abrió la puerta a temas controversiales como la guerra de Vietnam, el aborto, la discriminación racial, el SIDA y creó un estilo de ver la vida que no tenía ninguna compatibilidad con el puritanismo de los primeros años posteriores a la posguerra.

Detrás de esa visión, incluso por encima de sus intereses económicos, estuvo siempre Hefner, que como psicólog que era sabía interpretar muy bien los momentos. Por eso la revista tuvo una larga vida, pese a que incluso en su momento su editor fue acusado en los tribunales de Chicago de publicar material contrario a las buenas costumbres del pueblo estadounidense.

El veredicto del jurado, que se abstuvo de condenarle, fue una victoria de la Primera Enmienda que Hefner celebró por todo lo alto.

VALOR LITERARIO

 

Aunque la primera atracción de Playboy eran las Playmates, la revista siempre tuvo un sólido contenido editorial y a lo largo de sus 67 años contó con plumas selectas, tanto como autores de piezas de gran valor literario, como la serie de históricas entrevistas.

Hoy la revista solo tiene una versión en Internet, conserva su archivo histórico, pero no tiene el peso que le caracterizó en sus primeros 50 años.

Entre los escritores que tenía se encontraban figuras como John Updike, Joyce Carol Oate, Vladimir Nabokov, Kurt Vonnegut, Saul Bellow, Bernard Malamud, James Baldwin, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur Clarke e Ian Fleming.

En sus páginas se conocieron cómo pensaban entrevistados de la talla de Fidel Castro, Jimmy Carter, Martin Luther King, Marlon Brando y John Lennon.

Las confesiones de Carter, de que nunca había sido infiel a su esposa, pero que “he cometido adulterio muchas veces en mi corazón”  (“I’ve committed adultery in my heart many times”) desataron una controversia que recorrió todo el territorio estadounidense, incluso en tiempos en que Internet era solo ciencia ficción.

Hubo otros, entre muchos entrevistados, como Martin Luther King, quie sería asesinado el 4 de abril de 1968, Truman Capote, Bertral Russse, Malcom X, asesinado el 21 de febrero de 1965, Jean Paul Sastre, Mohamed Alí, cuando respondía al nombre de Cassius Clay,  Miles Davis y Ernest Hemingway.

Detrás de todo ese aparateje en que se convirtió la marca Playboy, con su logo icónico, siempre estuvo ese editor inteligente, que cuando recibió su estrella en Hollywood dijo con ironía que la prefería mucho más que un Pulitzer.

A Hefner se le ubicó siempre en un segundo o tercer plano como editor, porque la moral conservadora le tachó siempre de ser ese casanova rodeado de “conejitas” incluso a sus 80 años, con lo cual se ha desconocido su gran labor como un editor con coherencia, valentía y visión, que le dio pie a temas controversiales en las páginas de su revista.

En una época como la actual, año 2020, en que la calidad de las mejores cabeceras del mundo como The New York Times y El País, han venido a menos, por la falta de editores osados y competentes, la figura de Hefner, vista desde una perspectiva distinta, podría alentar un periodismo diferente, que se distinga por su calidad, por dar voz a los sin voz y por arremeter sin temores contra el establisment.

Incluso a esta altura del siglo no faltarán los que sigan viendo a Hefner como solo un bribón que creó un imperio alrededor del sexo. Eso sería una visión miope de un editor que todavía no ha sido puesto en el pedestal que se merece.

En un artículo de Kiko Amat, con motivo de la desaparición de la versión impresa, el escritor se pregunta: “¿eran los textos elevados una excusa para mostrar el mayor número posible de tetas y culos? ¿O, por el contrario, aquellas mujeres en pose no tan impúdica (la primera aparición de vello púbico fue en 1972, y solo porque Penthouse, su nuevo competidor, se estaba forrando con primeros planos intrauterinos) eran el modo que tenía Hefner de diseminar la literatura de calidad entre el vulgo? ¿Mens sana in corpore libidinoso?”

Tras responderse a Amat que “los cínicos de entre ustedes dirán que lo primero, pero este fogueado articulista no lo tiene tan claro” recalca el valor literario que detrás de esa estela de Playmates tenía la publicación.

“Lo que, a la sazón, diferenciaba a Playboy de las demás mensuales de destape era la cantidad de novelistas de lista A que se codearon con sus centerfolds. Es imposible leer una biografía literaria de la segunda mitad del XX sin topar con el momento de alborozo brindador que acompañaba a la carta de aceptación de la revista. Playboy hacía gala de las mejores tarifas del sector (excepto, claro está, en lo tocante al sueldo de las bunnies), pero el verdadero caché era inmaterial: publicar allí era hacerlo donde los mejores, una señal de prestigio en sí misma”.

Por eso plumas como las de Norman Mailer, Doris Lessing, Margaret Atwood y el propio Bradbury, que vendió para publicar por entregas en la revista Farenheit 451 por $400, no renegaron de estar en Playboy.

El primer número de Playboy tuvo a Marilyn Monroe en su portada.

El feminismo de entonces atacó con crudeza a Hefner, acusándole de utilizar a la mujer como un simple objeto sexual. Hoy no habría podido siquiera publicar un número de su Playboy. Sin embargo, quedarse solo con ese cuadro del enfoque le restaría el valor que como periodista y editor tuvo Hefner, detrás de una publicación que a lo largo de 67 años puso sobre la mesa los temas más controversiales en la puritana sociedad estadounidense, y por extensión en el resto del mundo.

La serie de Amazon Prime: “American Playboy: The Hugh Hefner Story” está bien documentada y de entre la hojarasca en que se convirtió el emporio Playboy, puede emerger un editor que mereció más que una estrella en el paseo de los famosos de Hollywood.

 

 

*Periodista especializado en temas literarios. Esta es su primera colaboración con El JORNAL LITERARIO. 

LA CONDUCTA ANIMAL DEL HOMBRE

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LA CONDUCTA ANIMAL DEL HOMBRE
Aristóteles

Dr. Juan Jaramillo Antillón*

De la conducta que el ser humano tenga, dependerá el destino de nuestro mundo, destaca el autor en este nuevo ensayo en EL JORNAL LITERARIO

PRIMERA ENTREGA

(JUEVES 24 DE DICIEMBRE, 2020-EL JORNAL).  La doctora Rita Levi-Montelcini, neuróloga y Premio Nobel de Medicina, dice: “Nosotros hemos cambiado parcialmente debido a que somos más inteligentes que hace 50.000 años, pero no somos más buenos. Y no lo somos porque el componente límbico cerebral sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado remoto, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cerebral cognoscitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales. Nuestras opciones de mejorar moralmente pasan por las circunvoluciones neocorticales (del intelecto) que afortunadamente tenemos. El ser humano, al ser imperfecto, ha recurrido a la razón, a los valores éticos para discernir entre el bien y el mal, esto constituye el más alto grado de evolución darwinista”.

En el campo de la conducta del ser humano, todos los días se señalan nuevos avances en el conocimiento de genes y su función y de cómo trabaja nuestra mente, y cómo influye todo esto en el comportamiento de los individuos y la sociedad. La verdad es que estamos apenas en el inicio de conocer qué es la mente (el cerebro funcionando) y cómo contribuye a la aparición de la conducta humana.

Es cierto que en todo nivel social y en todas las naciones hay quienes muestran una conducta egoísta y agresiva clara, buscando el enfrentamiento y obtener ventajas de eso, siendo muy grave para la comunidad cuando esta conducta la tienen los dirigentes políticos o militares de los países de nuestro mundo, porque entonces surgen enfrentamientos en sus países o con los otros, en busca de más poder y riquezas.

La realidad, o más bien el ideal a lograr sería, que la mayoría de los seres humanos se comporten normalmente y traten que los problemas sean resueltos analizando los pro y contras de las cosas, aceptando que la tolerancia al derecho a disentir es la base de la convivencia pacífica, y que finalmente la ley es la que decide cuando dos no se ponen de acuerdo. Esta actitud se debe a que su corteza cerebral, donde reside la inteligencia y la reflexión, ha logrado que la razón se imponga a la pasión. Sin embargo, a pesar de eso debemos aceptar que las emociones y los sentimientos son parte necesaria de la actitud mental de las personas. Lograr que todos los seres de nuestra sociedad se conduzcan así, donde la razón prevalece sobre la pasión, es un desiderátum por obtener.

Lo primero que hay que hacer, es aceptar la existencia de la influencia genética en la conducta, llamada también herencia biológica o heredada, y además, la importancia de las influencias adquiridas o aprendidas en cuanto al comportamiento del ser humano y que forman parte de la llamada herencia social o cultural.

Es importante señalar que no hay mente sin emociones, ya que el ser humano fue creado no solo para analizar las cosas y decidir qué hacer, sino también, para sentirlas. De acuerdo con lo anterior, las emociones son parte de nuestra vida.

La realidad objetiva o física que percibimos en el ambiente no constituye toda la realidad, sino que hay, además, una dimensión subjetiva o mental importante de las personas. Esta dimensión subjetiva, aunque no puede ser percibida por otros, nosotros sí nos damos cuenta de su existencia, pues somos los autores conscientes o inconscientes de ella. En esta dimensión, se encuentran los sentimientos de alegría o disgusto, amor u odio, comprensión o egoísmo, tolerancia y compasión, aparte de la intuición y muchos otros procesos mentales que a veces escapan incluso al control racional de nuestra consciencia.

Para Juan Jacobo Rousseau la sociedad pervierte al hombre.

EN CRISIS

Nuestra sociedad se encuentra actualmente en una crisis compleja y multidimensional, que afecta todos los aspectos de nuestras vidas, en especial en los campos de la economía, la política, la educación, la religión, las relaciones con nuestros semejantes, la tecnología e incluso los valores morales y espirituales.

La amplitud y la urgencias de las dificultades por resolver no parecen tener precedentes en la historia de la humanidad, ya que la violencia criminal y el narcotráfico están aumentando a escala mundial, persisten guerras entre grupos, pueblos o naciones y por primera vez nos enfrentamos con una amenaza real de destrucción de la raza humana, no solo por el mal uso de las armas nucleares, sino también porque la naturaleza no perdona y los trastornos del cambio climático, por el calentamiento global, provocado por la deforestación de los bosques y selvas, la contaminación de los ríos y mares, todo ello ocasiona catástrofes naturales cada día peores, como son los incendios forestales masivos, los tifones y ciclones con terribles inundaciones o las sequías.

La deforestación de los bosques ha trastornado la fauna silvestre, reservorio de virus, los cuales han mutado y causan enfermedad a animales y al hombre. La aparición de la grave pandemia viral que afecta al mundo entero en la actualiad, se debe a lo anterior, y ahora, un ser invisible y diminuto tiene de rodillas a la sociedad causando graves trastornos sanitarios, sociales y económicos a todo nivel, y nos ha demostrado que no hay personas, poblaciones o países islas, ya que todos se pueden afectar y para salir adelante se requiere a su vez la colaboración de todos.

En la economía, nos enfrentamos a la apertura mundial de mercados con un capitalismo con grandes trasnacionales que dirigen la economía mundial en beneficio de unos pocos y con deterioro del poder adquisitivo y los salarios, agravado a nivel latinoamericano y en los propios Estados Unidos, por llevarse la producción de productos (equipos, maquinarias, textiles, etc.), a China, buscando mano de obra barata y más ganancias del capital, convirtiendo a esa nación en el primer productor y exportador del mundo, algo que logró, al aceptar el capitalismo y la empresa privada en su país, todo ello sin democracia liberal y manteniendo un gobierno de un partido único marxista, y dirigido con mano férrea por su presidente vitalicio Xi Jiping. Hoy China sale de la pandemia como el país menos afectado por esta y manteniendo un enfrentamiento comercial con los Estados Unidos, algo que a la larga puede afectarnos a todos.

Existe además la amenaza mundial de los terroristas, de los musulmanes fundamentalistas y fanáticos que persisten afectando zonas de Siria, Afganistán e Irak. Y cuyos adeptos en las capitales europeas causan frecuentes matanzas de civiles inocentes.

Los descubrimientos en neurobiología, neurociencia, genética y psicología nos señalan que el modo en que nos comportamos depende no solo de las experiencias vividas desde el nacimiento, –como creían antes algunos filósofos y teólogos como Tomás de Aquino o el filósofo y economista John Locke, y los filósofos conductistas, ya que para ellos el cerebro era una tabula rasa o pizarra en blanco al nacer, y no existían factores innatos que contribuyeran a la conducta de las personas–, sino también de otros elementos.

Ahora se acepta que nuestro comportamiento depende no solo de factores ambientales, como las experiencias y ejemplos recibidos, sino también de factores genéticos, físicos y psíquicos, sobre los que aún se está en camino de definir su valor en algunos casos y en otros se pueden hacer afirmaciones concretas. Nos enfrentamos al mundo que nos rodea mediante nuestra capacidad mental y la personalidad que hemos adquirido y que es única en cada ser humano.

Para John Locke el comportamiento humano depende de las experiencias vividas.

CULTURA Y BIOLOGÍA

El ser humano ha evolucionado de antepasados comunes que no eran humanos, gracias a los cambios genéticos acaecidos a través de decenas de siglos en sus cromosomas y a la evolución natural, un proceso mediante el cual una determinada variante genética buena aumenta de generación en generación, porque favorece la adaptabilidad del organismo al ambiente; entre estas, la principal fue la aparición del cerebro tan especial en el ser humano, capaz de aumentar las conexiones entre sus neuronas conforme adquiere más experiencia.

Esto posiblemente sucedió hace unos dos millones de años o más. El origen evolutivo de la humanidad está comprobado por la ciencia y establecido más allá de toda duda razonable. Y aunque no lo parezca, ya que tiene la misma figura desde hace varios miles de años, el ser humano continúa evolucionando, pues es un proceso de siglos, ya que, una especie incapaz de adaptarse a los cambios ambientales desaparecería.

Pero la evolución del hombre, a diferencia de los animales, tiene dos caminos: uno biológico cuyos cambios no son perceptibles actualmente y otro cultural, producto de las experiencias y conocimientos adquiridos y trasmitidos de generación en generación, mediante enseñanza directa de ideas creadoras, ejemplos y el lenguaje oral o escrito.

Desde la aparición del Homo Sapiens, la evolución biológica y al cultural fueron una sola, porque la cultura como la conocemos solo puede existir sobre una base biológica humana.

El ser humano no espera ya mutaciones positivas para adaptarse (los avances en genética podrían dar lugar a esto en el futuro) a los nuevos problemas; de hecho, no lo necesita porque con la aparición de la cultura y gracias a su mente, su producto intelectual (los conocimientos) lo hace.

Pero esta cultura o herencia social, es la que ahora da a los humanos el poder de adaptarse para afrontar los problemas del ambiente, modificado por los cambios de la misma naturaleza, o por las conquistas de la ciencia y la tecnología, y que paradójicamente ahora pone en peligro a todos los seres por los problemas del calentamiento global, por la deforestación, la contaminación del aire, los ríos y mares, las posibles guerras y ojalá se evite una nueva pandemia viral o bacteriana.

La discusión de la naturaleza del ser humano y de su conducta, a veces muy racional y productiva y en ocasiones irracional y destructiva, es algo que siempre ha estado presente cuando se analiza la historia y la evolución del hombre.

Algunos defensores de la teoría ambientalista creen que la conducta humana es siempre aprendida o cultural y que a la larga con el aprendizaje la educación hará prevalecer el bien sobre el mal; otros por el contrario (biólogos evolucionistas y etólogos) consideran que al parecer existe una tendencia innata hacia el bien, gracias a la existencia de pautas morales de conducta comunes a todos los seres humanos y que de algún modo están inscritas en nuestros genes, o por lo menos la predisposición a ello; eso es lo que hace que podamos esperar una mejor calidad humana. Sin embargo, y aunque parezca un contrasentido, también existe lo mismo en la inclinación que el ser humano tiende a la agresión innata y al pretendido mal.

No hay la menor duda de que los animales y el hombre están dotados de la capacidad de aprender, ya sea por enseñanza directa, por el ejemplo de los padres y otros, o por autoadiestramiento (la prueba y el error), y pueden adquirir programas de comportamiento desde que nacen hasta que envejecen.

Los seres humanos creen que obran según su voluntad por tener libre albedrío para decidir lo que hacen. Por otro lado, parece que en cierta forma los animales superiores y sobre todo los seres humanos, vienen equipados o inclinados con una especie de “programa” de comportamiento que se pueden apreciar al nacer y en los primeros días, meses o años, y que después, según el ambiente y las experiencias que se tienen, eso les permite expresarse y reforzar dichos comportamientos.

 La realidad es que no nacemos con un cerebro como una hoja en blanco y por eso, la creencia en la determinación exclusivamente cultural (educación y ejemplos) de la conducta ya no está aceptada, aunque posiblemente sea la más importante para fijarnos formas de actuar en la sociedad. Ambas tesis, la herencia y la cultura, tienen razón, pues se complementan para darnos la conducta humana.

Thomas Hobbes por ahí del año 1620, creía que el hombre era un ser agresivo y con tendencias asesinas debido al instinto de conservación (innato) y a la ambición de poder (adquirido o cultural). “El hombre es el lobo del hombre” decía.

Por otro lado, Jean Jaques Rousseau, en 1712 predicaba una tesis opuesta: de que el hombre era pacífico y amistoso y fue la civilización la que lo corrompió y lo hizo agresivo. Los etólogos Conrad Lorenz y Eirnaus Eibl, con sus experiencias en el estudio de la conducta animal y del ser humano, creen que los comportamientos agresivos y el altruista están programados de antemano en los genes, y por eso, podemos llegar a ser animales éticos. En realidad, lo que parece existir es una predisposición a la sociabilidad y ayuda mutua, tanto entre algunos antropoides como en humanos, y eso compensa los impulsos agresivos.

Lo que sí es cierto, es que en los tiempos primitivos la agresividad era una necesidad para lograr la supervivencia humana, pero en la actualidad, un exceso de esta podría llevarnos a la aniquilación atómica.

Según Charles Darwin el hombre es producto de su evolución. Del cerebro se puede decir otro tanto.

UN CAMBIO

Necesitamos una transformación de la forma como se dirige la política mundial y la economía, estos últimos 4 años agravada por los desaciertos del presidente Trump de los Estados Unidos, rematada por la grave pandemia viral de la llamada covid-19, que tiene al mundo de rodillas por la crisis causada en la salud, la economía, el desarrollo humano y la vida social.

Hay que modificar los valores materialistas y consumistas del presente, y hacer que nuestros pensamientos y percepciones busquen en beneficio de todos y no de unos pocos. Hay que adquirir una perspectiva ecológica mundial y un desarrollo sostenible para proteger la naturaleza y lograr frenar el calentamiento global, la deforestación de los bosques y la contaminación ambiental que afecta el aire, el agua de los ríos y los mares, y que nos ayude a lograr una relación armoniosa e interdependiente como la que observamos en la naturaleza entre las plantas y los animales, y de la cual el hombre se independizó en su beneficio, pero llegando al extremo de poner en peligro la vida de los demás en el planeta. Para ello se impone una revolución cultural, que debe iniciarse en el hogar, donde los padres deben ser los primeros educadores, ya que las imperfecciones de los seres humanos comienzan cuando no se les enseña a diferenciar el bien del mal a los niños. Porque nuestra civilización perdurará solo si podemos realizar este cambio.

Requerimos que el cerebro animal primitivo del ser humano (el sistema límbico, etc.) donde residen las respuestas innatas y las emociones, y el cerebro nuevo o corteza cerebral, origen del razonamiento y la reflexión, trabajen al unísono para que logremos un equilibrio en la toma de decisiones, no solo en beneficio nuestro, sino de todo el mundo, especialmente de los menesterosos. Nuestra civilización podría depender de nuestra capacidad para efectuar dicho cambio.

Biología y cultura forman parte de la manera en que se desenvuelte el hombre en sociedad.

*El autor es Expresidente y miembro de número de la Academia Nacional de Medicina – Exministro de Salud- Premio Nacional de Ensayo “Aquileo Echeverria” 1992 – Distinguished Health Medical Consortium 1998. Por las Escuelas de Medicina de los Estados Unidos y Canadá. Premio Nacional de Cultura Magón 2015. Catedrático de la Escuela de Medicina de la UCR – Profesor Emérito de la UCR. Premio a la excelencia en Salud Pública por el Ministerio de Salud y el Gobierno de CR. 2010. Autor de 38 libros.

Lo que el Quijote puede enseñar a los jóvenes, según el escritor Arturo Pérez Reverte

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Lo que el Quijote puede enseñar a los jóvenes, según el escritor Arturo Pérez Reverte
 
(LUNES 14 DE DICIEMBRE, 2020-EL JORNAL). Al escritor Arturo Pérez Reverte, autor de una versión de Don Quijote de la Mancha» para jóvenes, en la gran novela de Miguel de Cervantes se encuentran tesoros para los lectores.
 ¿Qué puede enseñar El Quijote en este contexto?
–Yo he visto muchos incendios por la vida que llevé, y sé qué sin una base cultural que enmarque esos incendios, el incendio se vuelve estéril. Libros como El Quijote, en manos de buenos profesores, permiten educar a los que llevan las antorchas en palabras como compasión, solidaridad, coraje, honradez, y eso cambia el cariz de los incendios. Los incendios hechos por gente que sabe lo que incendia y por qué, sean incendios reales o metafóricos, esos sí pueden iluminar futuros. Por eso El Quijote es tan importante. Yo creo que no hay combinación más eficaz para hacer mejor el mundo que un maestro de escuela honrado e inteligente con un Quijote en las manos. En México sería El Quijote contra el Kalashnikov, o El Quijote contra el cuerno de chivo, como le llaman en Sinaloa.
 

La gran épica de la India

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La gran épica de la India

Por Arundhati Battacharya*

(SÁBADO 12 DE DICIEMBRE, 2020-EL JORNAL). El Mahabharata, el trabajo literario más grande del mundo, es una gran epopeya escrita en cien mil estrofas (hay diferentes opiniones respecto del número de ellas) de versos divididos en dieciocho libros – o parvas – por el autor, Krishnadwaipayan Vyasa, quien aparece también en la historia como uno de los protagonistas principales.

El tema central, igual que en la tradición de épicas, es una batalla entre Pandavas y Kauravas, los primos que demandaron la herencia legítima del reino de Kurubangsha (de la dinastía Kuru) en Hastinapur que posiblemente estuvo situado (si hubiera existido en realidad) en los alrededor de Delhi, en alguna parte del norte de India.

La batalla duró solo dieciocho días y en ella se centra en nuestra epopeya que abarca la narración de un pueblo entero. El Mahabharata empieza contando las historias anteriores y los orígenes de cada protagonista, prosigue incluyendo la mitología y la tradición oral de esa época y de la anterior a ella, cuando la gente hablaba directamente con los dioses, los santos vivían miles de años y no era necesario siempre el útero femenino para el nacimiento del ser humano (serviría un pez o una jarra); transcurre generación tras generación; traspasa la conclusión de la batalla con la victoria de los Pandavas y su reinado, y concluye con el viaje al cielo de algunos de los principales protagonistas como resultado de sus actos en la Tierra. Existen varias opiniones referentes a la autoría y el tiempo de la escritura. El autor original fue sin duda Vyasa, pero según los académicos modernos a lo largo de los siglos – del IV a.C. al IV-V d, C, – el texto sufrió muchas interpolaciones de diferentes autores, la creencia popular lo considera mucho más antiguo fechándolo entorno al año 3.000 a. C.

La narración comienza en la zona de una gran Yagna – la oblación por el fuego- para matar las serpientes enemigas, realizada por el rey Janmejay, descendiente de uno de los Pandavas, junto a otros santos.

Allí el rey pidió a Boisampaon, un discípulo de Vyasa – el autor original, que les contase todo el Mahabharata. Santanu, el rey de Hastinapur, se encontró con una mujer enigmática y muy hermosa llamada Ganga, quien se casó con él bajo la condición de que no podría prohibirle cualquier acto, fuese favorable o no. Tuvieron muchos hijos, pero Ganga a cada uno de ellos recién nacido lo fue ahogando en el agua, excepto al octavo, a quien llamó Visma, el heredero del reinado. Ganga dejó al rey Santanu, este encontró a otra hermosa mujer, Satyabati, se enamoró y quiso casarse con ella. El padre de Satyabati puso la condición de que el hijo de esta unión sería el heredero de Hastinapur. Santanu no quería privar a Visma de su derecho y se puso muy triste y desatento.

Al saber la razón de su tristeza, Visma prometió no casarse nunca y mantener su virginidad para que el hijo de Satyabati pudiera ser el heredero al trono y él mismo arregló la boda de su padre y su amada. Satyabati tuvo dos hijos con Santanu, pero estos murieron sin dejar descendencia dejando la corona vacía.

Visma, incluso teniendo el derecho, para cumplir su firme promesa, no quiso ser rey. En crisis, Satyabati llamó a su otro hijo ilegitimo que tuvo con un santo llamado Parashar, en secreto antes de su casamiento, para que sus dos nueras viudas, Ambika y Ambalika, pudieran tener hijos con él.

En aquella época esta norma era socialmente aceptable y este hijo tenía los mismos derechos de uno legítimo. Este hijo de Satyabati era el autor mismo, quien al ser hijo de un gran santo era muy sabio, pero tenía un aspecto físico muy feo, por lo que durante el acto de amor una de las nueras cerraba sus ojos de disgusto con el resultado del nacimiento de un hijo ciego, llamado Dhritarashtra y la otra estaba tan asustada que dio a luz un hijo de color pálido (que según algunos críticos significaba impotencia) llamado Pandu.

Como al ser ciego por esta discapacidad no podría ser el rey, Satyabati pidió a Vyasa que fecundase otra vez a Ambika, pero ella en su lugar mandó a su sirvienta. Esta recibió a Vyasa con devoción y dio a luz un hijo inteligente y religioso llamado Bidur, pero sin el derecho a la corona por haber nacido de una mujer esclava y de casta baja.

Sólo Pandu podía ocupar la corona y demostró tener capacidades para ser un rey fuerte. Se casó con dos princesas, Kunti y Madri, con quienes no tuvo hijos, obtuvo mucha riqueza venciendo a los territorios vecinos. Después de otorgar todo a Visma, a sus dos madres Ambika y Ambalika, y a Bidur, salió a cazar con sus esposas para entretenerse. Por casualidad clavó una flecha a una pareja de ciervos mientras hacían el amor. Estos eran un santo y su esposa con disfraz animal. Al ser herido por el rey, el santo le hizo el maleficio de que moriría si hiciera el amor con su esposa. El castigado Pandu, desesperado por no poder mantener la rama de su sangre, confió el reino a su hermano mayor y fue al bosque acompañado por sus esposas con el objetivo de proseguir el resto de su vida bajo los principios de la continencia y la mortificación.

Mientras tanto, Dhritarashtra, su hermano ciego, también se casó con la princesa Gandhari quien había recibido la bendición de procrear cien hijos. Ella, solo unos días antes de su boda, descubrió que su prometido era un ciego e incapacitada para negar o protestar vendó sus propios ojos quedando, hasta un poco tiempo antes de morir, ciega como su esposo.

Kunti, la esposa mayor de Pandu, cuando era adolescente obtuvo una bendición del santo Durbasa que le concedía tener hijos a su gusto con cualquier Dios. Así, antes de su casamiento, tuvo un hijo con el Dios Sol que abandonó justo después del parto para evitar la crítica social.

Para cumplir con los deberes de la vida para poder ingresar al paraíso después de su muerte, que según la creencia de esa época no se podía realizar sin tener hijos, Pandu le propuso a Kunti que concibiese un hijo con algún varón de casta alta. Ella le reveló su capacidad secreta y, con el permiso del esposo, llamó a tres Dioses con quienes dio a luz tres hijos: el mayor Yudhisthira (sabio y prudente) de Dharma, Dios de la muerte y la justicia, el intermedio Bhim (fuerza superior) de Pabana, Dios del viento, y el menor Arjuna (noble guerrero) de Indra, Dios de la guerra.

Madri también deseó quedar embarazada de la misma manera que Kunti y Santanu obligó a Kunti a dar el Mantra (la clave de la bendición) a Madri. Ella llamó a dos semidioses juntos con quienes consiguió procrear dos gemelos llamados Nakula y Sahadeba (valerosos y leales). Estos cinco hermanos son los Pandavas. Mientras tanto en Hastinapur Gandhari quedaba embarazada al mismo tiempo y dio a luz cien hijos y una hija que son los Kauravas de los cuales Durjadhana era el mayor, quien por nacer después de Yudhisthira no podría reclamar el derecho a la corona. Este juego del tiempo esparció la semilla para el futuro de la gran batalla de Kurukshetra.

Todos ellos pasaban los días en diferentes lugares montañosos con el sabio compañerismo religioso de los santos. Un día Pandu no pudo resistir su impulso sexual y murió mientras copulaba con Madri. Por culpa de no poder frenar el deseo de su esposo, a sabiendas de su fatal consecuencia, ella le acompañó en su pira funeraria, acto considerado en aquella época como de una gran devoción por parte de la mujer. Luego, con el objetivo de criar a sus hijos menores para que fueran capaces de heredar la corona Kunti, los entregó en Hastinapur a su cuñado ciego – Dhritarashtra, el cual gozaba del poder real con sus hijos en ausencia de Pandu.

Desde entonces, el abuelo Visma empezó a orientar a estos 105 niños para entrenarlos en el arte de la guerra y en la plena conciencia de vivir juntos en paz. Visma, hasta el fin de la batalla, es un hombre altruista que basa su vida en la verdad, se convierte en el pilar del reino y, hasta su muerte, intenta siempre establecer la paz y la justicia. Sin embargo, al final, es vencido y condenado al fracaso por la malicia y la codicia de una parte de sus descendientes. Fue entonces cuando Vyasa reapareció y aconsejó a Satyabati, su madre, que fuese al bosque dejando la corte frívola y lujuriosa. Ella obedeció y acompañada por sus dos nueras se fue con él a vivir como una anacoreta (Banaprastha, la tercera fase de vida según el sistema védica del Chaturashrama1).

La fuerza y el derecho de sucesión al trono de los Pandavas hizo crecer la envidia en los Kauravas, quienes empezaron a conspirar para destronarlos. En esta conspiración Sakuni, un hermano de Gandhari, jugó un papel muy importante.

Por otro lado, el dirigente de los Pandavas es Krishna – la figura más dramática y diplomática a quien las posteriores adiciones (por ejemplo, el capítulo entero llamado Bhagabadgita) le atribuyen la divinidad. Debido a la continua persecución de los Kauravas con la intención de matarles, los Pandavas abandonaron su casa y viajaron escondiéndose y sufriendo un periodo duro y doloroso. Cinco de los pandavas se casaron con Draupadi, la hija del rey de Panchal. Gracias a este enlace ganaron más poder y los Kauravas no tuvieron más remedio que devolverles la mitad del reino. Los Pandavas establecieron su capital en lndraprastha, obtuvieron mucha riqueza y majestad lo que provocó de nuevo la enemistad con los Kauravas. Estos concertaron una partida de dados entre Yudisthira y Sakuni y acudiendo a una estrategia tramposa hicieron perder todo a Yudhisthira, incluyendo Draupadi, su esposa y la riqueza de sus hermanos.

Entonces, Duryadhan junto a sus hermanos y otros reyes llevaron a Draupadi a la corte e intentaron violarla, Krishna lo impidió con su magia y, condenaron a los Pandavas y Draupadi al exilio por doce años en el bosque y el decimotercero a permanecer disfrazados en un pueblo. Después de su regreso, los Kauravas no estaban dispuestos a devolverles su reino y a pesar de la poca disposición de los viejos sabios de Hastinapur como Visma, Dhritatashtra, Bidura, etc., los Pandavas se vieron obligados a batallar contra las gentes de su misma sangre. Fue así que Duryodhana desencadenó la famosa guerra de Kurukshetra que ganaron los Pandavas por proseguir el camino de la justicia y la verdad que les ayudó a obtener la gracia divina.

Como consecuencia murieron muchos de ambos bandos, Gandhari perdió sus cien hijos y Draupadi a sus cinco hijos. La coronación de Yudhisthir se celebró en un país devastado e inundado por el llanto de las viudas de los jóvenes muertos, como decía Visma, quien nunca había oído que se podía lograr el objetivo final a través de una guerra. Nadie en el reino pudo obtener la satisfacción total: los Kauravas y los Pandavas, o bien se murieron, o bien sintieron la tristeza de la muerte de alguien, muy cercano, muy amado y, al final, se dieron cuenta de que realmente  no se ganó nada.

Los Pandavas gobernaron durante 26 años. Después de los primeros 15 años Dhritarashtra, su esposa Gandhari y Bidur se fueron al bosque para vivir el resto de su vida en Banaprashtha, entre la paz y el ascetismo, Kunti también les siguió y al final, todos ellos murieron en un incendio del bosque. Más tarde, tras la muerte de Krishna, los Pandavas al comprender que era la hora de dejar este mundo otorgaron la corona a Parikshit, el hijo de Arjuna y emprendieron el “gran viaje,” que implicaba caminar hacia el norte entre las montañas del Himalaya, considerada el camino hacia el mundo divino. Uno por uno, comenzando por Draupadi, fueron cayendo y los Pandavas murieron todos excepto Yudhishthira, quien por su honradez y veracidad durante la vida terrenal pudo entrar vivo en el paraíso con un perro que lo había acompañado desde el comienzo.

 

*Arundhati Bhattacharya: Escritora, traductora y ex profesora de la India. Graduada en Literatura bengalí del Presidency College en Calcuta, obtuvo Maestría en Literatura bengalí de la Universidad de Calcuta y Maestría en Español de la Universidad de inglés y lenguas extranjeras en Hyderabad, India. Trabajaba como profesora de español en la Universidad de Bangalore y la Universidad de Doon, Dehradun. Es traductora especializada en las obras de Gabriel García Márquez. Ha publicado varios libros de traducción, ensayos literarios y sus cuentos en la lengua bengalí. Vive en Calcuta.

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