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El escritor Mario Zaldívar vuelve al escenario literario con “Canciones y lugares”, una indagación de cómo compositores y poetas le han escrito a sitios emblemáticos y significativos en sus vidas.

En EL JORNAL LITERARIO les presentamos en exclusiva un adelanto del libro “Canciones y lugares”, de próxima publicación.

Por Mario Zaldívar*

(MARTES 08 DE NOVIEMBRE, 2020-EL JORNAL). En el momento en que se puso la primera piedra de una ciudad, también se estaba escribiendo la primera nota de la canción, que un día, celebraría las glorias y miserias de ese lugar. Nada tan bello como la etérea melodía que nombra la piedra dura.

Los arquitectos se parecen a los compositores, porque ambos crean de la nada calles, avenidas, letras y melodías, con ambición de inmortalidad y donde hubo un páramo se levantó una urbe y donde se esparció la ceniza del dolor, nació una famosa canción.

Cada sitio sobre la faz de la Tierra es una tentación para los poetas; algunas veces porque el bardo nació ahí, otras veces por sus bellezas o por determinada experiencia vivida bajo el cielo de aquel lugar.

Sea como sea, existen tantas canciones como lugares, pero este libro de melodías y geografías también abarca ríos, mares, montañas, continentes, países, calles, avenidas y hasta hoteles con historia. Desde la primera hasta la última página, se puede corroborar que la inspiración es tan vasta como el mismo globo terráqueo. Cuando el meticuloso Adán fue nombrando cada una de las cosas del Paraíso, detrás de él iba un músico creando una canción para el elemento recién bautizado.

El día que Cristóbal Colón llegó a la isla que hoy llamamos Cuba, quedó tan extasiado del paisaje que lo calificó como el sitio más hermoso que ojos humanos hubiesen contemplado. Siglos después, un humilde cantor costarricense conocido como Ray Tico, haría una canción a esa tierra, con la misma emoción que sintió el Almirante de la Mar Océana.

El mismo Colón, quien parece era muy sensible al panorama tropical, escribió a la Reina de España que la desembocadura del río Orinoco era el Paraíso Terrenal de La Biblia. Todavía en los años que corren, los poetas venezolanos siguen cantando a esa epifanía que inició el navegante genovés.

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Carlos Gardel le cantó a su Buenos Aires querido.

Los versos más famosos del ciego Jorge Luis Borges los dedicó a la ciudad de Buenos Aires: …no nos une el amor sino el espanto / será por eso que la quiero tanto…Carlos Gardel lo dijo con otras palabras: Mi Buenos Aires querido cuando yo te vuelva a ver / no habrá más penas ni olvido. Dos voces eternas para una misma ciudad.

El bardo Homero Expósito le cantó a la calle Corrientes, un punto crucial de Buenos Aires, y remató su famoso tango con unos versos lapidarios: ¡Los hombres te vendieron como a Cristo y el puñal del Obelisco te desangra sin cesar!

Agustín Lara le cantó a Granada sin haber puesto un pie en aquella tierra y sin proponérselo, se convirtió en el más famoso de sus embajadores.

Fue necesaria una canción para que todo el mundo supiera que New York es una ciudad que nunca duerme y que la mejor luna de miel se puede pasar en Puerto Rico.

También la música nos trajo la noticia de que en Lima hay un Puente de los Suspiros, que el “Moon river” no existe, es solo una bella melodía de Henri Mancini; que en los alrededores de la calle Penny Lane, en Liverpool, había una barbería donde Paul McCartney y John Lennon, siendo chicos, se cortaban el pelo. Este libro trata precisamente de esas naderías que unen a determinados lugares con bellísimas canciones.

París, la ciudad más amada por los poetas, ha generado más   canciones que ningún otro sitio del planeta. Cada boulevard, cada bistró, cada esquina es un motivo de inspiración. Aquel iluminado vate peruano –Vallejo–, quien anunció que moriría en París un jueves de lluvia, dio su último aliento en esa ciudad porque es el sitio de la Tierra que está más cerca del cielo y de alguna manera, vivir entre sus calles es adelantar la gloria.

El tango hizo de París su fetiche sentimental y para escándalo de los conservadores, provocó unas de las escenas cinematográficas más irreverentes de todos los tiempos. De aquel filme maldito solo sobrevive sin mácula el bellísimo tema de Gato Barbieri: “El último tango en París”.

Venecia, Río de Janeiro, Bahía, Moscú, México, La Habana, San José y muchas ciudades más, suben al escenario convocadas por la música y de paso, sacan a relucir detalles inéditos y a veces inverosímiles de esas canciones que forman parte de un segmento muy particular de la creación artística de la humanidad. Cantarle a una mujer, sufrir los desengaños de pareja, enaltecer a la madre, al padre, al hijo, llorar por la muerte del ser amado, clamar por justicia social o magnificar la naturaleza son motivos para hacer una canción; sin embargo, también   las musas acuden para alabar los sitios y lugares que conforman este planeta.

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Nueva York, evocada en las canciones como la ciudad que nunca duerme, ha sido objeto de culto por parte de cantautores.

Es recomendable que el lector tenga a mano una computadora o un teléfono celular, para acompañar cada melodía analizada en este documento. Texto y música son complementarias al menos durante la lectura de esta obra, lo cual hará más provechoso y placentero el tiempo dedicado a este libro. El viejo soldado lo dijo mejor que nadie: mi sangre por la libertad de mi tierra, mis lágrimas por sus canciones.

 

*El autor es escritor, ensayista, Premio Nacional de Novela e investigador de la música popular costarricense y latinoamericana. 

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