Inicio Cultura Pleito mundia...

Pleito mundial entre escritores

 

(MIÉRCOLES 13 DE AGOSTO, 2025-EL JORNAL). En las buhardillas de la Calle de la Amargura, del East Side Manhattan, en el callejón del Gato, del Madrid antiguo, y hasta en el bulevar Saint German des Prés, suelen agarrarse los escritores a definir –por su cuenta y entre vino y vino– lo que es el triunfante y discutido género literario denominado novela.

Y esto viene desde que un desquiciado en la región de La Mancha, inventado por el “Manco de Lepanto”, agarró en burla al Amadis de Gaula y a todos los autores de novelas caballerescas de la edad media, construyendo un tipo de relato que revolucionó la literatura del siglo XVI, y lo siguió haciendo, campantemente, hasta la fecha, pues se ha venido ajustando a todos los cambios de los tiempos.

–Que si la novela es un cuento largo, –que si es un poupourri de ocurrencias, –que si debe tener más de un personaje, –que si debe tener subtramas,–que si puede ser un soliloquio… En fin, toda la argumentación, a favor y en contra, que usted se pueda imaginar.

Es posible alcanzar hasta mil definiciones distintas, casi todas válidas: –que es un aparato discursivo en donde cabe todo, –que debe tener por lo menos un personaje que recorra completo el libro, –que deben interactuar varios, –que ha de tener presentación, desarrollo y desenlace, –que no importa que no tenga, –como mínimo 60.000 palabras…

Pero la más contundente de todas –para mí– es la que, sonrientemente, dejó caer don Alberto Cañas cuando dijo:

“novela es aquel libro al que el autor, debajo del título, le puso la palabra NOVELA”… Y punto.

El género mayor de la literatura se ha prestado para todo, pues su popularidad ha sido creciente con el paso de los siglos. Y en todos los idiomas. Tal vez la dimensión es lo único que la medio distingue del género cuento, siempre que este sea muy breve –como los de Monterroso–, y naturalmente la forma, pues no debería ser en verso rimado ni en diálogo parejo, porque sería poema o libreto teatral o guion televisivo. Pero La Ilíada era en verso y también La divina comedia. Eran hexámetros y tercetos, fue que las prosificaron.

Lo que sí ha de ser la novela, es: extremadamente persuasiva, más aún: debe ser absolutamente convincente, y agarrar al lector por las pupilas y regodearlo por toda la historia, aunque esta sea completamente inverosímil, como esos cuentos de zombis o de dragones que vuelan y hablan.

Si hay personajes definidos y el relato es seductor, atrapa, y conduce al lector hasta la última línea, entonces ya estamos ante una novela. Lo demás son majaderías estructuralistas o baratijas de la academia.

Incluso los franceses estiman que los veinte años de la nouveau roman (1950-1970), fueron años muertos para el género, pues se perdió la elaboración de caracteres y de tramas, con tal de innovar sin contar nada o casi nada (Robbe-Grillet INRI).

Recuerdo bien que en la obra El destino de la novela (Orbelus 1967), Alberto Moravia, Pier-Paolo Pasolini, Vladimir Navokov y otros, especulaban sobre la muerte de ese género que los estructuralistas franceses pusieron en crisis y, en mi criterio, en ridículo.

O sea, que el pleito sobre el totalizante género, ha cruzado los tiempos y ahora renace, cuando esas obras narrativas recobran aquella salud de la época folletinesca, gracias, entre otros aportes, al boom latinoamericano (Rulfo, Gabo, Vargas Llosa, Fuentes).

De modo que la sangre ya puede llegar al río.

Hace unos años, y sin ir muy lejos, dos amigas escritoras, de origen chileno para más señas, entraron en disputa por el tema, y una le endilgó a la otra que su libro de cuentos había sido premiado en el género novela, por lo que esta entró en furia (cosa frecuente), y casi la ahorca. Tuvieron graves discusiones en público y en privado. Terminó para siempre su amistad de años y, en verdad, es que el veleidoso jurado quería premiarla a güevo, y no le quedó más remedio que meter su cuentario en el apartado de novela, pues ya tenía un cliente bien apalabrado para el premio de cuento. O tal vez no sabía la diferencia.

Son cosas que pasan a menudo en nuestro régimen de premios. Y las amigas se enemistaron para siempre. Todo por una novela, cuando estaban de moda en la tele las brasileñas y venezolanas. No habían llegado las turcas.

Pero ese es otro género, o cuando menos otro formato.

La versatilidad de la novela en prosa es tan grande, que siempre nos puede sorprender con algo inesperado. En contenido, en técnicas, en tamaño. Seguro que A la rechérche du temps perdu, de Proust, y el Ulyses, de Joyce, son ejemplo obvio de esa amplitud, pero yo no había esperado nunca que un libro, de este género, no tuviera ni siquiera título, y se ocupara, casi exclusivamente, de las trivialidades cotidianas de una vida oficinesca en el campo de la producción literaria estadounidense.

Muy recientemente me topé, entre los textos viejos, una obra impresionante que se ocupa de cómo se escribe, se postula, se produce, se edita y se critica un libro. Y aun siendo eso tan común y trivial, alcanza una tensión narrativa tan intensa, que Editores Emecé de Madrid la coloca entre las grandes novelas del mundo.

Y ni título tiene. Se llama “La novela”, o sea, como aconsejaba Beto Cañas…

Perdón, me equivoqué. Ni siquiera tiene artículo definido. Se llama “Una novela”. (Ver foto).

 

El autor es nada menos que el laureado Pulitzer James A. Michener, creador de más de cincuenta obras entre ficción y no ficción, y fallecido en 1997. (Sayonara, Hawaii, Return to Paradise, etc.) Ha sido adaptado al cine muchas veces.

Al final les diré (porque todavía estoy leyendo) cómo termina este larguísimo relato (400 páginas) que cuenta, simplemente, cómo es en los Estados Unidos, la industria del libro. O sea, informa, artísticamente, de la escritura, la edición, la crítica, la publicación, la venta, y la lectura de los libros. Yo mismo he publicado un texto sobre esas temáticas, pero es un ensayo, y nunca se me habría ocurrido que pudiera ser una novela, aunque no es tan largo ni es tan bueno (La pasión del libro, Prisma 2024).

La obra transcurre en el este de Estados Unidos, y se ocupa de describir cómo trabajan un escritor, una dictaminadora editorial, un editor, un crítico y una lectora. A veces es simplemente una narración administrativa, aunque el lenguaje es depurado, estético, novelístico.

A cada “funcionario” le concede un capítulo y, al convertirlo en personaje, enhebra una trama interactiva que le da la tensión al relato, con varias subtramas que van, desde un amorío gay hasta una vivencia menonita en una colonia holandesa de Massachussetts.

A veces se pone un poco tieso y deshilachado, pues salta de tema o cambia de narrador sin presentar al nuevo, pero la obra misma constituye un ejemplo de ese meltlng pot que es el género en cuestión. Así puede saltar sin mucha solución de continuidad de la vida de los amish alemanes en una comarca al norte de Nueva York, al Londres presuntuoso de Cambridge y Oxford o a la Atenas moderna, donde dos personajes gays asisten con delirio a disfrutar de la tragedia Agamenón, de Esquilo, y en idioma alemán. (¡¡!!)

Esta relación de los homosexuales es sutil, discreta y está perfectamente cubierta por el rico intercambio intelectual entre alumno y profesor, hasta que el docente es contagiado de SIDA. El intercambio de conocimientos literarios entre ambos es una de las partes más edificantes del libro. Llena de referencia a sus autores investigados, clásicos y modernos. Dominan plenamente la literatura inglesa y se burlan de algunos consagrados como de mi admirado Hemingway. En todo caso es enriquecedor.

Estimo que es un magnífico documento para escritores y aspirantes, pues con deliciosa morosidad va describiendo todos los entresijos de la industria editorial en los Estados Unidos, y es muy impresionante cómo encadena cada uno de los momentos de la producción literaria que comprenden el largo proceso del descubrimiento, la revisión, la curaduría, la escritura, el lanzamiento, el mercadeo e, incluso, la lectura de un público previsto que puede rechazar el gran esfuerzo invertido.

Eso sí, es necesario leerlo hasta el final, porque como pasa con muchos autores, Michener en Una novela, deja para el final las cosas más impactantes que tenía para contar. Empezando por la clarificación y demostración de lo que es una novela moderna y sus múltiples posibilidades.

Llega incluso a proponer como ejemplo de novela, una loca escritura en tramos, patas arriba, con textos invertidos, algunos ilegibles, y denominada Caleidoscopio. Yo me salté esa parte.

O sea, que como dije al principio, aquí todo cabe. Si bien esta muestra caleidoscópica me pareció fatal. Siempre se producen muchas otras fatales. Muchas más que las verdaderamente legibles. Por eso hay que seguir a Borges: “no continues un libro que te aburre”, o a Gabo: “si no te emociona, déjalo”.

Aparte de eso, lo importante del género es que logre crear un mundo de personajes y circunstancias creíble para el lector, y es lo que llamamos la verdad intrínseca del libro, que puede ser lo único cierto en él, de allí el éxito de la ciencia ficción y de las novelas de fantasía con dragones voladores o zombis.

Porque en realidad, cualquier tema se puede convertir en novela (“no se me ocurre algo que no quepa”, dice Michener), todo depende de la manera como se diga, y de las herramientas estéticas que se aprovechen. Ahora, está claro que las grandes novelas se vuelven paradigmáticas y las nuevas generaciones tratan de imitarlas, pero eso es una función típica del arte: criticar, experimentar, revolucionar, y, en tal proceso se pueden producir muchos desaguisados.

Incluso, estamos ante el hecho comprobado de que es el lector quien finalmente recrea la obra literaria y, por tanto, cada lectura es única, afectada por su entorno, por su estado de ánimo, y puede ser muy diferente de la que planificó y concibió el novelista.

El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, en su libro Verdad y método, desarrolla hasta la saciedad este fenómeno de la apropiación personal que constituye la lectura, y del efecto que esta puede tener en cada persona, alejado incluso de las intenciones del autor.

Por eso los cánones en literatura solo sirven como una forma de ordenamiento y clasificación, pero nada definitivo, que es sagrado privilegio del receptor. Esto vale para cualquier obra de arte, no solo para los libros y novelas.

O sea que, ante El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch, y Los relojes blandos, de Dalí, v. gr., los espectadores están frente a un mismo lienzo, pero todos asimilarán una impresión distinta.

Tengo que admitir que la novela, como género, ha sufrido un millón de cambios desde que el venerado Manco de Lepanto se burló de las de caballería con –precisamente– una novela de caballería, y que yo mismo he cambiado mucho mi antigua concepción de la novela, desde aquellos tiempos en que, como crítico literario, reseñaba decenas de libros por semana y probablemente califiqué a muchos autores con mi vieja concepción del siglo XIX sobre lo que debía ser una novela.

So sorry, pero cambia, todo cambia, nos cantó la Mercedes Sosa.

Y por eso, el pleito global entre contertulios debe seguir. Aquí, en el Copas de la Amargura, en el Greewich Village y en la Cochinchina, pues de lo contrario, todo seguiría igual y nada haría cambiar un género escritural que, en cinco siglos, se ha caracterizado cabalmente por sus múltiples y exitosas transformaciones.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí