Al cumplirse el primer mes de la muerte del crack argentino, este perfil surrealista es un bosquejo de ese rey Midas que sucumbió a la sinrazón de la fama y la desmesura, y que lo hizo humano demasiado humano, como diría Friedrich Nietzsche

(VIERNES 25 DE DICIEMBRE, 2020-EL JORNAL). Diego Armando Maradona era el Che moderno de los pobres. Recorrió campos y ciudades llevando su pasión y su fútbol. Necesitaba estar cerca del pueblo, porque él era pueblo. Pasó de la miseria a la opulencia pero nunca olvidó sus orígenes. Le gustaba el barro. El barro literal en que creció y el barrio metafórico en el que luego se desenvolvió hasta que la droga le gritó: jaque mate.

Volvió de las cenizas de la cocaína para caer en las garras del alcohol y en la dependencia de los somníferos. Tenía una personalidad adicta. Así como todo lo que tocaba lo convertía en oro, como si fuera un rey Midas del siglo XX, cualquier sustancia psicotrópica que probara lo ataba a la dependencia.

El único lugar donde siempre fue Maradona. Donde siempre se sintió libre fue en un campo de fútbol. No necesitaba el San Paolo o el Camp Nou para brillar. No, eso es para los futbolistas burgueses y él no era un burgués en la gramilla. Lo que necesitaba eran dos marcos improvisados y un balón. Era capaz de jugar al fútbol incluso solo. Si había rivales maravilloso, sino, él reinventaba el juego y era capitán, mediocampista, delantero, malabarista y artista. Hay que decirlo pronto para no olvidarlo: Maradona no era un futbolista. Era un artista en toda regla. Para ver su obra concluida necesitó de muchos dolores y sufrimientos. Tuvo que bregar por la calle de la amargura. Lo molían a patadas y nunca protestó. Parecía tener una elasticidad a prueba de entradas salvajes hasta que el cuerpo en un momento ya no pudo más. El momento más triste fue el 27 de septiembre de 1983, cuando Andoni Goicotxea, en el Camp Nou, le quebró el tobillo izquierdo. Aquello no era fútbol. Era una entrada criminal que se saldó con una tarjeta amarilla contra el defensa vasco. Una vergüenza que hoy todavía debería sonrojar al Goicotxea. Y Maradona nunca protestó. Un artista nunca protesta. Un artista se rehace. Se repone. Vuelve como el Ave Fénix de las cenizas: “Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado”, había dicho Ernest Hemingway en El viejo y el mar.

Y aquel momento, que pudo acabar con su carrera, le sirvió para hacerse fuerte mientras la droga empeza silenciosamente a minarlo, hasta el punto de ponerlo contra las cuerdas en más de una ocasión.

El ser Maradona era una tarea para los dioses. Diego nunca lo supo. Hacía de Diego Armando Maradona como si fuera un actor engendrado solo para ese papel. El vértigo. Las multitudes. La demencia que le rodeaba le impidió percatarse de que lo suyo era el oficio más arduo jamás imaginado para una criatura frágil como él.

Siempre que estaba cerca de un balón era el Maradona auténtico, el que era capaz de convertirse en mago y creador en un instante. Ahí, en la cancha y con una peltoa, era único, irrepetible, solo a la sombra del gran Pelé. El resto tenía que unirse a su tren. Un tren que transportaba gloria y tempestades.

Los que nunca entendieron que para pintar la capilla sixtina había que ser Miguel Ángel, no le perdonaron que se dejara arrastrar por la noche, las fiestas desmesuradas, la droga,  el alcohol y las tinieblas de ese mundo sin límites. Lo que no sospechaban los miembros de ese sanedrín, es que para hacer el papel protagónico de Diego Armando Maradona se  necesitaba algo más que aire y adulación: se requería un equilibrio psíquico en un ejercicio de trapecista del que muchos se hubieran hundido con mucha antelación.

Fue capaz de pelear en varios frentes, como si fuera un Aquiles moderno, y de salir vencedor en la mayoría de las guerras a las que concurrió, pero perdió la mayor de todas las batallas: vencerse a sí mismo.

Ya 2500 años antes de su aparición en las canchas del mundo, un viejo feo, insistente y preguntón había abrazado la filosofía del templo de Delfos: Conoce a ti mismo, solía repetir Sócrates por las calles de Atenas.

Maradona no llegó a saber quién era Maradona. Hacía de Maradona con una sorprendente naturalidad en los teatros del mundo. Y cuando a su alrededor saltaba un balón, aparecía el rey Midas en escena, pero nunca se conoció a sí mismo. Fue un fantoche de su propio destino.

El 25 de noviembre, hoy hace exactamente un mes, su corazón se apagó para siempre. Tenía solo 60 años. El día de su muerte era un joven agobiado por las desgracias de la vejez prematura. Había sido un personaje heminwayniano sin saberlo: había escurrido hasta la última gota de vida que llevaba en las venas, y ese miércoles aciago la naturaleza se detuvo de súbito y fue entonces cuando la oscuridad recorrió todos los campos del mundo.

Los balones se volvieron torpes. Las palabras de Víctor Hugo Morales, mientras describía el mejor gol de todos los tiempos, fueron ascendiendo al cielo una a una y se fueron desvaneciendo en el cielo infinito.
Maradona, el más inmortal de los mortales, volvía al polvo para sellar, una vez más, el viejo pacto del Génesis: “Acuérdate, polvo eres y en polvo te convertirás”, Capítulo 3, versículo 19.

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Se iba el ídolo, el amigo de los amantes del fútbol. Del buen fútbol. Sus proezas se registraron en todos los campos que pisó. Parecía humano, pero no lo era. Tanta grandeza lo embriagó de una gloria que tenía partículas imperceptbiles de arsénico que fueron envenenando su mente, su corazón y finalmente todo su cuerpo, hasta que ese 25 de noviembre se tumbó sin retorno en un rincón de su Buenos Aires querido. De ese Buenos Aires donde esa misma noche muchos se aferraron a la nostalgia del tango con la esperanza efímera y ficticia de que la noticia fuera un show mediático y propio del Año de la Pandemia, y que al amanecer del otro día alguien saldría a decir que todo era una broma macabara de un director de cine pobre y demencial, que quería someter a la opinión pública a un experimento orwelliano.

Pero no fue así. Los tangos siguieron con su saudade, con su nostalgia sempiterna a lo largo y ancho del Río de la Plata. Aquellas palabras, también de Víctor Hugo, que no en vano lleva el nombre de un gigante de las letras francesas, volvieron a retumbar en los recuerdos de los argentinos y de los fieles del fútbol alrededor del mundo: “Está vivo, Gardel está vivo”. Fue el día en que Maradona anotó su último gol de un Mundial, ante Grecia, en Estados Unidos 94.

Qué dieran los hinchas del fútbol arte para que esa afirmación fuera cierta en el caso de Maradona y se pudiera recobrar al hombre que la fama hiperbólica, la noche, las amistades traicioneras y los cocteles de amor y veneno se llevaron a la ruina humana hasta convertirlo en una triste caricatura de sí mismo.

A Maradona le tocó ese cruel papel de ser el protagonista de una tragedia griega de nuestro tiempo y se tomó tan en serio su rol, que terminó llenando el escenario de ese teatro inmenso con sangre: con sangre de su sangre.

Y se fue un 25 de noviembre del peor año del mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, un mes después de esa muerte inverosímil, algún niño soñará en Villa Fiorito con ser el nuevo Maradona, sin saber, en su inocencia absoluta, que ese don divino venía cargado de espinas y maldiciones, y que le llevaría por la gloria y el calvario, por la luz y la oscuridad, y que, como en una tragedia de shakespeareana, esa destreza irrepetible habría de saldarse con la propia vida, como si en el acto hubiese un afán de redención, de ese mesías pagano llamado Maradona, que pasó por este mundo sin saber a ciencia cierta quién era: un genio de la cancha y un Che Guevara vestido de corto, que terminó vencido por las fuerzas celestiales de su propia grandeza.

 

*El autor es periodista, comentarista y Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez.

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