(LUNES 25 DE ENERO, 2021-EL JORNAL). El fútbol, por más teorías a las que se le ampare, se puede dividir de una manera harto sencilla: entre los que juegan bien y juegan mal.

Tras esta clasificación, ya no importa si los jugadores son altos, flacos, atléticos o rozando la báscula para sobrevivir a la competencia.

Aquel discurso de una palabra que olía a laboratorio: biotipo, quedó anclado en la nada.

Que un portero tiene que medir al menos 1.90 metros para poder jugar en las grandes ligas del fútbol profesional, vemos que no es del todo cierto, incluso admitiendo que e el caso del arquero los parámetros se  pueden ajustar por su singular función en el terreno de juego.

Ahora viene ese ilustre desconocido llamado Kennedy Rocha, un brasileño que habla más tico que nosotros mismos, y con 1.60 de estatura va, pelea, muerde, incomoda, lucha, saca pases gol y anota.

Es un verdadero espectáculo verlo pelearle balones, por ejempolo, a Álvaro Aguilar de San Carlos que casi le duplica la estatura, pero Rocha ni se inmuta, no mira al adversario que tiene enfrente, solo tiene una idea en la cabeza: ser protagonista. Es una gacela desbocada cuando tiene el balón.

Lástima que no tiene 21 años, porque sería un proyecto de futuro extraordinario. Lo que sí es interesante es que Rocha ha venido a recordarnos conceptos del fútbol que no envejecen nunca: se juega bien o mal al fútbol. Se es inteligente en la cancha o no, sin importar el físico e incluso la posición donde se juegue.

Y viene a enfatizar algo más importante todavía:  el fútbol es un deporte sencillo –que no simple, que esa es otra historia— en el que el talento es oro puro para sobresalir y sobrevivir, y que las muchas teorías y las tácticas si bien son importantes, una vez que corre la pelota se desata un universo con sus reglas propias, a tal punto que la eterna metáfora entre David y Goliat es una de las preferidas de este deporte.

 

Periodista, escritor y comentarista. Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez

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