(MIÉRCOLES 25 DE JUNIO, 2025-EL JORNAL). Con el advenimiento de Internet, la publicación de textos aumentó de manera exponencial y con ello surgieron los peligros de banalizar la escritura.
Muchas veces se publica sin que el autor haga una autocorrección de su escrito y aquí se comete un grave error.
No hay texto infalible. Como lo dijo en sus talleres Gabriel García Márquez, todo texto es susceptible de editarse. Aquí, por ende, no pesan las calidades de quien genera dicho texto. El propio García Márquez reconocía, con la mayor naturalidad, que él tenía dificultades con ciertas palabras y que por eso se le escapaban faltas de ortografía que sus correctores ponían en su lugar.
Por eso aquel discurso en Zacatecas, México, en 1997, intitulado Botella al mar para el Dios de las palabras, que en un principio podía interpretarse como una parodia, pero que, en realidad, no lo era. Fue un reclamo lícito, claro y contundente contra la Real Academia Española de la Lengua. Sorprendió a propios y extraños.
Esto decía, el autor de Cien años de soledad respecto al valor de las palabras y la escritura: «La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor».
En este mar de palabras, nunca, como hoy, ha sido tan importante el cuidar cada línea que se publica. Sea en una página web, en una red social o en un mensaje de WhatsApp.
Para muestra un ejemplo cercano. El 24 de junio de 2025, la exprimera dama de México, Beatriz Gutiérrez Müller, Catedrática de la UNAM, felicitaba a la actual presidente de México, Claudia Sheinbaum, y cometió un grave error que luego la revista Proceso convirtió en una nota periodística.
«Que la buena fortuna colme su día, que la salud no se le despegue y que la inteligencia, que no le sobra, siga siendo su guía para conducir los destinos de nuestro querido México”.
Eso fue lo que Gutiérrez escribió en su Facebook. Parece un error menor. Un simple no, pero lo cierto del caso es que este no, en función adverbial, cambia por completo el sentido de la oración.
Así se pasó de una felicitación, a una descalificación que dio para las burlas en las redes sociales. Y terminó por ser, en términos formales, una dura crítica y un hondo cuestionamiento para la amiga que hoy ocupa la primera magistratura de su país.
Por tal motivo, sin importar si el texto es corto, largo, superficial, profundo o si está destinado para una comunicación formal o informal, siempre hay que asegurarse de que se escribe, exactamente, lo que se pretende decir.
En este ejemplo, concreto, el adverbio «no» cambió por completo el sentido de la comunicación y la gracia se transformó en una negación involuntaria. Nada menos ni nada más que le arrebató a la actual Presidente de México su capacidad de inteligencia.
Son los peligros de escribir con prisa. Sin autoeditarse. Y, como se aprecia, no son peligros menores, dado que se puede pasar de lo sublime a lo ridículo con tan solo agregar un no fuera de contexto e inesperado.
*El autor es periodista, Máster en Literatura y Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez.






