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El periodista Carlos Morales, derecha, con Daniel Ortega.
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El autor (derecha) posee la condecoración X Aniversario del gobierno de Ortega, con quien aparece en la foto.

 

(JUEVES 08 DE JULIO, 2021-EL JORNAL). Me resulta tremendamente incómodo tener que adjuntar mis ideas a las de los sectores más reaccionarios del continente que luchan desde hace años por botar al gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua.

Amañadas y como fuera, las elecciones en ese país han revelado un alto porcentaje de apoyo a la pareja Ortega-Murillo, y no se puede decir que son producto de un golpe de Estado, como los ocurridos en Brasil, Ecuador, Bolivia, Honduras y Guatemala con el beneplácito de los observadores de la OEA.

Empero, el constante encarcelamiento de periodistas, políticos, estudiantes y ciudadanos de la calle solo porque no aplauden al trono, es un indicio de que “pronto vendrán por mí”, como diría Brecht, y ya nadie podrá estar a salvo en esa nación, de por sí desmembrada por el hambre-exilio.

Yo no tengo duda de que los servicios de “baja intensidad” de los Estados Unidos han inyectado plata a la insubordinación contra Ortega, y probablemente también las libertarias “oeneges” de Europa, pero eso no tiene nada de nuevo. Yo mismo conseguí dinero en Holanda para ayudar a los verdaderos sandinistas, a los que no mataban ni perseguían por diferencia de ideas, y pretendían una Nicaragua libre, sin hambre, sin miedo .

Pero de allí, a transformar el país en una cárcel como lo había hecho Tacho Somoza, solo porque los jóvenes hacen oposición, es algo que no se puede callar.  

Siempre he pensado que el silencio puede ser discreción pero también cobardía, y he procurado que el mío nunca se apunte a la segunda condición, pues como bien dijo Martí: “… cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Estos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro…” .

Y ya no se puede callar. Hay que gritarlo antes de que sea muy tarde.

La única salida que le veo a Ortega es convocar a unas elecciones limpias, aunque él mismo participe, pues de lo contrario, esas fuerzas indomables del decoro lo van a sacar de Tizcapa como sacaron a puntapiés al dictador de 1979.

Por mi relación con aquella lucha es que me incomoda un poco estar hoy otra vez en lo mismo. Pero está claro que la culpa es de ellos y también suya será la vergüenza.

 

 

 

 

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