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A las 4:45 p.m. se confirmó la tragedia

(VIERNES 16 DE JULIO, 2021-EL JORNAL). A las 4:45 p.m., el árbitro inglés George Reader dio el pitazo final y Río de Janeiro se convirtió de inmediato en un cementerio de almas perdidas.

Brasil acababa de perder 2 a 1 ante Uruguay y con ello se le escabapa el título de la Copa del Mundo de 1950.

Hoy hace 71 años de aquella desgracia deportiva. Moacir Barbosa, el portero brasileño, murió sin recibir nunca el perdón de la hinchada. Durante su larga vida siempre se quejó que la suya había sido una condena vitalicia.

La épica, la tragedia y la comedia se conjugaron en un solo hecho: el Maracanazo

A Brasil le bastaba con un empate, pero en el estadio había un aire de triunfalismo que ese 1 a 1 hubiera sido innecesario.

Con la apertura del marcador, por medio de Albino Friaça, al 47, todo el festejo estaba garantizado. La banda ya estaba lista para la ceremonia. Vino el 1 a 1 de Juan Alberto Sciaffino al 66’ y al 79’ la consumación del fin del mundo con la anotación de Alcides Ghiggia. El estadio enmudeció. Solo quedaban 11 minutos para evitar la derrota más amarga de todos los tiempos. Nada impidió que los celestes silenciaran el inmenso Maracaná.

Los aficionados y los jugadores llorando. Los bares repletos de dolor por todo Brasil y en especial en Río de Janeiro. Como si se trata de cuento de la vida real, Obdulio Varela le relató al periodista y escritor Osvaldo Soriano que él salió esa noche a tomarse una copita. Al entrar a un bar con un par de acompañantes, alguien lo reconoció y le preguntó si se tomaría una copa con ellos. Así, Obdulio empezó a sentir por su sangre el dolor amargo de la derrota. Obdulio terminó llorando con los brasileños y arrepentido de haber sido el artífice de la más enorme tragedia que el fútbol haya conocido: el Maracanazo.

El acertijo, no obstante de esa caída estrepitosa, lo había resuelto muchos años antes –en 1897–, con la clarividencia que caracteriza a los grandes poetas, Stephen Mallarmé, quien había dicho: ‘Una jugada de dados nunca abolirá el azar’.

 Y la profecía de Mallarmé se cumplió al pie de la letra: Brasil fue campeón en 1958, en 1962, en 1970, en 2022 y 1994.

Aquella  noche del 16 de julio de 1950, un niño de diez años, al ver desconsolado a su padre –Dondihno—le prometió que ganaría por él la Copa del Mundo. Ocho años después, el 29 de junio de 1958, ese mozalbete de 17 años era sacado en hombros del estadio Råsunda de Estocolmo, y nacía la leyenda eterna de Edson Arantes Do Nascimento: Pelé, cuya historia estaría ligada por siempre al Maracanazo.

 

Periodista, escritor y comentarista. Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez

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