(JUEVES 16 DE OCTUBRE, 2025-EL JORNAL). Desde mi artículo R. Chaves y las formas en política, publicado en Universidad el 28 de octubre de 2022, no he querido opinar sobre la marcha del actual gobierno chavista, lo cual ha sido agenda nacional en todos los rincones desde que llegó al poder este gobernante.
Mis cuatro o cinco lectores saben que, con la llegada del fenecido PAC al poder (2014-2022), descargué toda mi artillería contra lo que llamé “más de lo mismo y seguramente peor”, por lo que a menudo me reclaman en la calle que “por qué tan calladito ahora con Chaves”.
Antes de la elección me opuse a su llegada y le llamé “atorrante advenedizo”, por lo que casi me pegan los chavistas, pero después, es cierto, he preferido guardar silencio.
Voté contra él, naturalmente, como cualquier ciudadano bien informado, pero si bien creo que su administración terminará bastante mal (remember fideicomiso electoral), también pienso que de mucho le ha servido al país. Y eso es lo que ahora explica mi largo silencio.
Por las formas de comportarse, el presidente Chaves es un zafio, un sujeto que desconoce la diplomacia y el buen trato, de modo que se ha ganado el odio de medio país. Sin embargo, hay otra mitad de costarricenses que lo apoyan en las encuestas y eso lo estimula a seguir en la línea bravucona que aparentemente le aconsejan los estrategas tipo Banon y que le ha rendido frutos, por lo menos en cuanto a popularidad. No sé si será redituable en votos para febrero, pero sospecho que muy poco.
Sucede que nuestro pueblo fue acostumbrado a los gobernantes modositos y, desde Tomás Guardia o Braulio Carrillo, aquí no se vio nadie que vociferara y confrontara, y que fuera capaz de gritarle “mirála” a una adversaria en debate, haciendo la higa con los dedos.
El temperamento nacional se ajusta más a los buenos modales que nos impregnan en el kínder y, alguien que habla muy golpeado, termina siendo calificado como pachuco.
Tan es así que, en los países centroamericanos, excluyendo Panamá, existe la creencia de que somos unos “tiquillos de m…” y en el fútbol y en los negocios, es mejor que nos “caigan mula”, porque nos asustamos fácilmente.
No es tan cierto, pero algo hay de eso.
Y sucedió que después de cuatro o cinco presidentes modositos, que preferían el “nadadito de perro” a la carga del combate, los ciudadanos estaban hartos de pendejeras y prefirieron limpiar con toda aquella supuesta diplomacia o corruptela que acabó en trochas, fondo de emergencias, evasión fiscal sin parangones, Alcatel, Aldesa, camas de hospital, cementazo, deuda política birlada, chorizo de mascarillas, Meco, la cochinilla, corte profunda y, mejor no sigo.
Entonces, claro, el fanfarrón anti corrupción, anti sistema (aparentemente) resultó la mejor opción y así derivamos en el choque frontal entre poderes: contra la prensa canalla, contra el poder judicial, contra los diputados y contra todo lo que se le atravesara.
¿Es eso malo?
Depende.
Desde el punto de vista de las formas, del equilibrio de poderes a la Montesquieu y de la característica serenidad nacional con concesiones a toda minoría que hizo al PAC elevar en casa de gobierno la bandera del arco iris, es una pérdida.
Pero desde la necesidad de un revolcón que la patria necesitaba para que dejaran de morder de a callado, de robar dólares, estafar los evasores y pagaran algo más los ricos a fin de repartir mejor esos jueguitos del dirigente modosito, me temo que nos va a servir de mucho a largo plazo.
Cuando en la Grecia antigua surgían tiempos de guerra o de gran crisis, la pionera democracia del mundo cambiaba su senado por un dictador y así enfrentaba mejor las desgracias de una invasión o una tragedia.
Claro, el peligro está en que el dictador o autócrata quiera perpetuarse en el poder, como Ortega o Bukele, pero sospecho que en Costa Rica la fortaleza de las instituciones históricas o fundamentales, y el ejemplo de Mora y Cañas, no lo van a permitir. Y como bien manda nuestro Himno Nacional:
“cuando alguno pretenda tu gloria manchar,
verás a tu pueblo valiente y viril,
la tosca herramienta en arma trocar”.
El desmadre político que nos deparará febrero será solo parte de este proceso histórico entre modositos y fanfarrones, pero también irá poniendo en orden las cosas que se desajustaron con la crisis.






