(LUNES 14 DE ABRIL, 2025-EL JORNAL). El primer desacuerdo que se tiene con Mario Vargas Llosa es muy positivo para él. En ninguna reunión de lectores, donde haya más de tres personas, ha sido posible conciliar sus preferencias sobre la vasta y variadísima obra del autor.
Siempre hay alguno que reivindica la atmósfera selvática y la movilidad de tiempos y espacios que sorprende en La casa verde. No falta el otro que todavía no pierde el embeleso de ese sortilegio de aventuras que se llama La guerra del fin del mundo.
Si entre los discrepantes aparece un analista, o uno de esos semióticos tan en boga, combatirá por la profundidad hermenéutica que derrocha Historia de un deicidio.Y si el cuarto es un partidario de la literatura bien labrada,pero fácil y entretenida, Pantaleón y las visitadoras, junto a La tía Julia y el escribidor, serán sus banderas de rebato.
Esa divergencia es motivo de largos debates, pero el peruano los mira con aristocrática indiferencia. El es un escritor que se toma el oficio demasiado en serio como para abrazar partido en detrimentoo beneficio de hijos igualmente mimados. Se limita a cumplir lo que le parece un destino exquisito e irrenunciable.
No en vano ha encabezado una de sus novelas con esta cita de Salvador Elizondo que lo retrata perfectamente a él,y también a su personaje Pedro Camacho: «Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía.Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que escribía y escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo«.
Lo que parce un simple trabalenguas, es en el fondo la razón de ser de Mario Vargas Llosa. Un literato de tiempo completo que sueña con tener tanta vocación como Gustave Flaubert y que ha llegado al extremo de decir que «jamás tendrá un hijo, porque los niños son incompatibles con el absorbente oficio de escritor».
Claro que esto lo había pronunciado allá por 1964, unos años antes de que su segundo matrimonio lo engolosinara con dos niños que hoy son la alegría de aquel inconmovible cadete Vargas Llosa y de Patricia, su mujer.
Su predisposición para originar discrepancia es una virtud que lo ha seguido a lo largo de toda su vida: desde las andanzas del Leoncio Prado, que se perfilan en Los cachorros y La ciudad y los perros, hasta su discutible posición política, que generó duros enfrentamientos con Casa de las Américas en 1971, y hace apenas unos meses con Mario Benedetti en las páginas de muchos de los grandes diarios del mundo.
Él ha dicho en alguna parte que reniega del dogmatismo, que no se afilia sin condiciones a ninguna ideología y que por eso prefiere analizar causa y situaciones concretas para tomar posición con respecto a ellas.
Así, lo vimos apoyar por más de diez años la Revolución cubana, y en este café de las cuatro se muestra esperanzado ante la Revolución sandinista, pero igualmente son de dominio público sus nexos con la oligarquía opresora de uno de los países más empobrecidos de América, Perú, el suyo propio.
Ese «causalismo» errante le tra suficientes problemas, aunque últimamente hay menos contradicciones entre las causas que respalda. Paulatinamente se ha ido despojando de aquella convicción socialista que lo acompañaba en 1967, cuando dolido por las filas de tugurios que se agarran de la montaña, en las afueras de Bogotá, sostenía que «esos barrios de miseria no se ven en Cuba. El socialismo los ha erradicado».
Sus antiguas concesiones a Cuba ya no se dan, aunque sí las hay para el modus vivendi contrario, para el régimen opresivo peruano, para la nebulosa de Achucaray.
Con tales antecedentes, cualquiera espera a un atrabiliario. Sobre todo, si además se rata de un escritor consagrado por la opinión mundial, bastante más joven de lo que de por sí es, y con más porte de estrella de cine que de greñudo explorador de bibliotecas.
Y resulta que es todo lo contrario. El creador de Conversación en la Catedral es mucho más apacible que todos sus personajes tiernos, incluso que el pobre de Pichula Cuéllar. Enseña unos finísimos modales y un tono en la voz que persuade con sutileza. Habla con mucha seguridad, y sus opiniones pueden ser atrevidas y hasta agresivas, pero están dichas en un tono de auténtica modestia, de cultivada tolerancia.
Atento a todo y excepcionalmente sensible, tanto lo que oye como lo que ve es capaz de convertirlo en teoría, de transformarlo en un brillante concepto. Escucha con atención, con un aire bien singular, que se me ocurre una mezcla de indulgencia araucana con señorío castellano. Y a la hora de expresarse, lo hace con suavidad, enhebrando fácilmente los conceptos, sin barreras de conocimiento, pero sin denotar erudición pedantesca. O sea, todo lo contrario de lo que mucha gente pensaba halla en este afortunado de la fama y el intelecto.
Por aquí pasó en febrero de 1982. Pensó en matar dos pájaros de un solo jet: el lanzamiento de su novela La guerra del fin del mundo y el estreno de La señorita de Tacna, pero en realidad tuvo una cacería mucho mayor. Logró ir varias veces al teatro, anduvo de incógnito, sin éxito, por la ciudad, dialogó varias veces con escritores y dejó firmes raíces de amistad entre los costarricenses.
Su carácter tan benigno inspira confianza; pero, sin que olvidáramos un momento la monumentalidad de su obra, rápidamente entramos en el terreno que a todos interesaba, el mismo que infatigablemente ha estado dilucidando por todas partes del mundo: la literatura y sus proyecciones.


*Presentación a la entrevista que el autor y otros periodistas le hicieron en 1982 y que aparece en el volumen 1 de El café de las cuatro.






