En el siglo XVI y principio del siglo XX
Por Gerardo Bonilla Castro
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(San José, Costa Rica, 13 de septiembre). Parecía que en aquél rincón de Costa Rica, la rueda del tiempo se había parado; las horas resbalaban grises, monótonas, los años y siglos, sin dejar huella, sobreviniendo las generaciones iguales, uniformes, con las mismas ideas y palabras, las mismas cosas en una mansedumbre fluvial, con el silencio de las aguas, en el sonoro cause de los ríos.
Un estupor de eternidad señoreaba toda la región; andaban las gentes sin prisa, con un ritmo grave y pausado, como si todos los trabajos estuvieran cumplidos y todos los destinos estuvieran señalados y, no hubiese más oficio que esperar, esperar perpetuamente.
Alguna vez se veía en la puerta de una casucha, un coro de vecinos, unas viejecitas avellanadas, unos viejecitos carcomidos, los niños descalzos; parecía que aquellas sombras de humanidad charlaban, que desataban sus lenguas y que el ministerio de la región de la Comarca San Ignacio, se evaporaba en sus bocas; pero al llegar a ellos no se oía apenas un rumor; hablaban con voz queda o no hablaban nada.
El misterio se había impuesto de tal modo a sus habitantes, que todos se acostumbraban desde niños al silencio, recogimiento y a la inhibición. Los trillos estrechos y las callejuelas de tierra o caminos de lastre estaban siempre desiertas; y parecían deshabilitadas; daba una impresión de oquedad y de vacío; había un viejecito con una baraja amarillenta haciendo solitario; encendía el viejo su pipa, barajaba los naipes y los iba echando lentamente sobre la mesa, con una solemnidad, como un misterio religioso, un caso grave de conciencia que convenía meditar. Otra viejecita de al lado pasaba las horas muertas, con su rosario de gruesas cuentas de azabache (color negro), rezando pausadamente, sobando las cuentas y volviéndolas a sobar como una cadena sin fin; y las avemarías salían de sus labios con un runrún monótono; una y otra y otra, sin cesar, sin cansarse, como la imagen de un mito, sin más pausa que la pausa de un suspiro.
Aquellas buenas gentes campesinas hacían casi toda la misma vida y tiempo: se levantaban a las mismas horas, se recogían al mismo tiempo, tenían iguales horizontes, hablaban semejantes palabras; eran como relojes que siempre señalaban la misma hora. Heredaban los oficios y, el hijo era el retrato del padre y el nieto la estampa del abuelo.
Se conservaba la casa primitiva con notable pureza; vivían los campesinos felices en su rusticidad, viviendo y muriendo al amor del terruño, tardos y pacientes, con la misma mirada humilde y melancólica; vivían en pleno pasado; desde hacía varios siglos, el flujo, y el reflujo de las cosas humanas, de las transformaciones históricas, apenas había tocado aquellos cerros.
La famosa y turbulenta sociedad, al comienzo de la vida moderna; depositándose en aquella hondonada las aguas soñolientas de la tradición; quedaron en aquellos pueblos incólumes, como un remanso de la historia, y el viejo tiempo se detuvo allí a descansar sobre su rueda quieta y oxidada…
Y aunque las crueles palabras del tuyo y mío estaban escritas allí de largo tiempo y selladas con sangre, las costumbres eran patriarcales, les bastaba a aquellos hijos del silencio y del olvido unos humildes y plebeyos fisanes, el jarro de leche y la borona, el pucherete de las tortillas y la canasta de las frutas, con el cual sobrio repuesto vivían sanos y ágiles largos años…
Como solía suceder, casi todos los vecinos, eran analfabetos. Todo su horizonte geográfico se reducía a los clásicos cerros de la región del actual Cantón de Acosta. La necesidad y la ignorancia, el tiempo y la pobreza, hicieron establo y cocina de viejas cosas blasonadas, de casas solariegas de antiguos linajes. Era curioso y triste ver en el fondo de la casona, de grandes aleros y soberbios balcones, de grandes frentes heráldicos, la yunta de bueyes y la carreta de rechinantes ruedas; aquellas penumbras misteriosas de casa señorial, que albergaron a caballeros y damas, aquellas escaleras de labrado barandaje, superficies de ricas maderas y techos de primorosos artesanados, yacían ahora destrozados y renegridos, llenos de humo, del vaho caliente de las vacas, en el corredor de la casa.
Las antiguas puertas de floreados herrajes y artísticos aldabones, las ventanas de tallas mudéjares donde quizá algún gran amor había posado, se hallaban desvencijadas y carcomidas, pudriéndose al agua y al viento de la calle; digno de parar en el estrado de un familiar peregrino. La piqueta, en todas partes osada, destruyó bellas ojivas romancescas y abrió en su lugar puertas destartaladas por donde más fácilmente pudieran pasar bueyes y carretas.
En este pueblo casi todos eran campesinos nobles o plebeyos. La burguesía estaba representada por el maestro, el policía, el sacristán y alguno más a su aledaño; una casa embadurnada en azul, donde vivía el maestro; una casita con pujos de hotel, en el pueblo, donde el maestro tenía su escuela; unos infames miradores puestos aquí y allá para deshonra de una venerable fachada; unas ventanas insolentes abiertas cabe un airoso ajimez; alguno que otro desaguisado de pintura, de barnizo y blanqueo… Mas aparte estos pequeños desentonos, del pueblo daban una impresión íntegra y estética, una impresión de sueño heráldico, de resurrección arqueológica.
La traza pomposa de las recias fachadas y el aire humilde de las casuchas en ruinas; los muros verdinegros coronados de helechos; los musgos, tejas, polvo y ruinas; aquel arco de fábrica por donde se mete un arroyo, manso y negro, bajo la pesada mole de las viejas casonas; aquellos primorosos ventanales moriscos en la soñadora calle, la ojiva del esqueleto de la ermita, que se acierta a ver desde lejos, al subir por la calle mobiliaria del cantón de Acosta, y la fachada de la peregrina iglesia, el ventanal plateresco de esta otra casa de enfrente, y esos muros, y ruinas, y soledad del silencio, son tan romancescos y tan elocuentes e inefables, que toda el alma se llena de tristeza y maravilla.
Parece que en estas piedras, tan nobles en su augusta caducidad, se conserva un aroma de vida inmortal que trasciende y llega a quien con espacio en la actualidad las mira; contemplando el pueblo, el caer la tarde, a la luz indecisa, con los reflejos oro y sangre del sol poniente, aquella impresión se torna dolorosa de puro intensa. Las piedras y los blasones, las fachadas y las calles, las torres y las ruinas, bañadas en ese color inefable, famoso en las bermejas torres de la Iglesia, adquieren una fuerte expresión, una fisonomía humana, una vida espiritual; se desprende de ella un dulce enervamiento, una melancolía invencible, una lástima desgarradora.
Las casas con rostros de ancianos tristes prestos a contar su historia; las ventanas son como ojos vacíos, y las puertas se abren con un largo bostezo, como bocas alientas de viejos comentarios centenarios. Los aleros cuelgan sus pródigas cabelleras de hiedras flotantes, que el viento peina; tal viga, apuntalando la fachada, parece cayado o muleta de torpe ancianidad, y las manchas y goterones que la lluvia pinta en las ventanas carcomidas, y en las dovelas desvencijadas, parecen lagrimones y arrugas de aquellos ojos tristes, de aquellas cuencas vacías. Y da pena mirar estos rostros de piedra, y el alma se pone triste viendo y paladeando la amargura de lo pasado y las lágrimas de las cosas en el presente.






