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Pablo Milánes y La Villa

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CIUDAD Y CAMPO

José Eduardo Mora

 

Sentado como si fuera un buda caribeño, Pablo Milanés desgranó nuevas y viejas canciones este jueves 23 en el Teatro Nacional, a donde alguna vez fui a verlo acompañado de una bella dama, de cuyo nombre no quiero acordarme, como diría Cervantes.

La nostalgia siempre puede más que la razón y mientras el cantautor evocaba sus mejores letras, mi memoria iba y venía, y sobre todo me acordaba de aquellos tiempos en La Villa, donde los que queríamos cambiar el mundo de una vez y para siempre, fuimos bautizados por segunda vez con la nueva y vieja trova, esa de Silvio, Pablo, Aute, Guerra ySerrat, claro está.

Era el tiempo de la inocencia y el ensueño, cuando aún creíamos en las promesas de amor que, más tarde se llevarían las brisas de junio, de ese junio que siempre anunciaría tormentas y tropiezos, como un mes insólito y maldito en el devenir de un destino que no le correspondía.

Y cuando Milanés, después de hacer un recorrido por sus más recientes composiciones, cantó ayer Yolanda, la imagen me transportó a la Yolanda de La Villa, con sus lentes grandes y redondos, siempre apuntando en la caja cuentas pendientes, de los clientes y de la vida, mientras tanto, atrás, una tropa que olía a alcohol y tabaco, liderada por Hárold, Edín, Álvaro, Mauricio, Néfer, Manuel y Leo hablaba de política y literatura como si a la mañana siguiente se fuera a acabar el mundo.

Tras Yolanda, en esta noche del 23, vino El breve espacio en que no estás, y entonces supe que tras los desencantos de la vida  prefería quedarme con Yolanda, y mejor aún, con Mírame bien, esa pieza en la que el amor encuentra a un viejo cansado y vencido, y quien renuncia al placer momentáneo de enamorarse de la bella joven que toca a su puerta, porque su prisa no es la de ella, porque su búsqueda no es la de ella, y sobre todo porque su lugar ya es el de la memoria y la nostalgia, como un buda viejo y lento, o como el de Hervé Joncour, el protagonista de Seda, que sabe que aquel amor es un eterno imposible, y que aunque cruce de nuevo los mares, no volverá, porque ahora solo existe y vive en la memoria de su corazón.

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