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El verdulero del carretillo

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Don Rafael Sánchez vende verduras que produce y que compra para la “reventa”.

Formó, sin saberlo, su micro-micro empresa y ello le devolvió el sentido de la vida

Luis Heberto Monge

h_e_b_e_r_t_o@hotmail.com

 (San José, 23 de noviembre de 2012). Rafael Sánchez encontró en Acosta el cariño humano que no halló ni en su natal Puriscal y hoy es el hombre con la verdulería más pequeña de Costa Rica.

            Igual que la canción, Rafael Sánchez llegó a San Ignacio sin que lo invitaran en 1991 y no solo se quedó, sino que con los años se ha convertido en un personaje de pueblo. Antes había probado suerte en otros pueblos pero no sintió ninguna vibración que lo invitara a quedarse. Debe ser por eso que Rafael tiene una gratitud permanente por las gentes de San Ignacio y sus alrededores; su gratitud es tal que a veces piensa en que debe pedirle el micrófono al párroco y decirle a la gente cuánto le agradece que lo haya acogido.

Rafael Sánchez nació en Parrita en 1950 pero sus padres eran originarios de Zapatón de Puriscal, a donde regresaron cuando tenía dos años. Cuando se hizo muchacho como en Zapatón no había mucho en qué trabajar, se fue a Santiago de Puriscal a probar suerte. De aquí a San José fue solo dar el paso; en San José se hizo comerciante en el Mercado de Mayoreo y manejaba buena plata. Cuando se vio con plata dio el peor paso de su vida: se cayó por los desfiladeros del alcoholismo y por ellos anduvo cayendo y parando durante 14 años. Lleva las cuentas claritas, pues fue entre sus 28 y 42 años cuando más lo necesitaban sus seis hijos y su esposa Ana Araya.

Fue un enfermo alcohólico a tal punto que de nada  le valió que las personas que lo estimaban lo llevaran a tocar las puertas de Alcohólicos Anónimos y el IAFA. Ni siquiera las Jornadas de Vida Cristiana, muy en boga por esos años, le ayudaron.

 “Hasta que un día me acordé que yo era hijo de Dios y no me importó subir la iglesia de rodillas a lágrima viva y que la gente me viera, me sentía ridículo pero le pedí a Dios que me ayudara y me ayudó”, confiesa este campesino de origen indígena y como él mismo lo dice, se considera “un ejemplo vivo de la bondad de Dios”.

EL HOMBRE DEL CARRETILLO

            Cansado de trabajar hasta diez horas por ¢3000, un día decidió pedir prestado un terreno para sembrar. Lo primero que hizo fue sembrar “vainica de picadillo” como llama a la vainica verde.

Cuando estuvo de cosechar se vino a San Ignacio a ofrecer su producto a los verduleros y a pedir que le ayudaran comprándolo. Sin embargo, el que mejor lo trató le dijo que la vainica estaba “vaciada” en los mercados de San José y que no valía nada; le encargó 30 kilos pero se los pagaba a  ¢100 . Rafael no quiso dar el brazo a torcer y le pidió a un hijo suyo que le llevara un carretillado de vainica hasta Mata de Monte y ahí empezó a ofrecer sus vainicas a ¢500 el kilo.

“Cuando iba por la panadería de Tino Chinchilla ya había vendido y tenía 15.000 colones en la bolsa”, recuerda Rafael.

Desde entonces se convirtió en el hombre con la verdulería más pequeña: el tamaño de un carretillo.

Siembra arracache, rábano, culantro y frijoles secos; el resto se lo compra a Toti Araya cuyo nombre considera que se debe escribir con mayúscula, tal la gratitud que por él siente. De igual manera, considera a Jorge Monge ( el Gemelo ), como uno de los pilares en los que apoya su nueva vida después del alcoholismo.

Rafael cita por sus nombres a Toti y al Gemelo porque lo han apoyado de manera particular, pero su gratitud la lleva en el pecho para toda la gente de Acosta que le compra sus productos, que le da trabajo en sus jardines y que le da terrenos para sembrar sin cobrar esquilme alguno.

Me temo que no es solo por eso, sino por el hecho de que en estas tierras y rodeado de estas gentes, él dio un nuevo rumbo a su vida.

Rafael y su carretillo de verduras y frutas nos dan un mensaje en tiempos en que se cree que solo hay oportunidad para los grandes establecimientos comerciales a los que incluso hay que pagar membresía y acceder en vehículo. Está claro que hay oportunidades para todos.

TRABAJO Y TRABAJO

            Dos días a la semana Rafael se dedica a hacer jardines. Trabaja 10 horas en ello  aunque llueva, porque el resto de la tarde la usa en alistar productos para el carretillo al día siguiente.

Puede ser que use el trabajo como terapia para ahuyentar los demonios del guaro, lo cierto es que Rafael, que por cierto nunca deja el sombrero de pajilla en casa, trabaja hasta 14 horas diarias a pesar de que su negocio es chiquitito.

Don Rafael también trabaja como jardinero, eso sí, a la moderna.

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