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Tambores racistas

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ENTRE PARÉNTESIS

New-José Edo
José Eduardo Mora
Director de EL JORNAL
director@eljornal.com

(SAN JOSÉ, 19 DE MARZO, 2014).  Alguien, que ya no se sabe quién, lanzó un día una frase con tristes aspiraciones literarias y a pesar de ello tomó vuelo, y los costarricenses empezamos a creernos que, en verdad en verdad, éramos la Suiza centroamericana.

La Suiza blanca, pura, inmaculada, en la que no había ni una pizca de sangre boruca, cabécar, sangre indígena, sangre limonense, jamaiquina, sangre negra, sangre mestiza, sangre española, en fin, que por poco y todos éramos de sangre azul celestial, y entonces surgieron las voces que negaron esa realidad de nuestro ser.

Y en los últimos meses esa Suiza que falsamente llevamos dentro, que atiza esa psique que mira a Europa, nos hace compararnos con gentes de ojos azules, 1.90 metros de estatura, cabello macho, sangre, en fin, pura, casi aria, dirían los neonazis que se escandalizan con el ébano de la ascendencia africana, que evoca tambores de libertad y creatividad.

Los mayores gritos contra ese mestizaje magnífico que produjo primero la conquista española y posteriormente la llegada de inmigrantes procedentes de esa África inabarcable, se han empezado a oír en los estadios.

En el José Rafael Fello Meza de Cartago, particularmente, el problema ha sido casi una constante contra los jugadores negros, aunque la dirigencia haya tratado de justificar los insultos con pobres e inaceptables argumentos.

El último capítulo de esta mirada equívoca de descalificar al oponente por su color de piel, se dio en el Alejandro Morera Soto, cuando el Árabe Unido enfrentó a Alajuelense la semana anterior.

Jair Palacios, técnico del Árabe Unido, dijo a la prensa panameña que entre más lo insultaban, más orgulloso se sentía de su raza y de su condición.

Esos insultos serían poca cosa si fueran proferidos por un puñado de fanáticos frustrados al ver que su equipo no cumple con sus expectativas, pero en realidad van más allá, porque revelan un alma tica que se cree Suiza centroamericana,  de sangre pura, por la que no corre el canto de la sangre mestiza, indígena y del color profundo del ébano africano.

Y revelan, claro está, un mal mayor: la insostenible superioridad de una raza sobre otra, que no es más que una ficción, que, lamentablemente, es capaz de producir catástrofes, muertes e ignorancia por doquier.

 

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