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Obscenidad futbolística

(JUEVES 17 DE AGOSTO-EL JORNAL). Artista de cine. Exjugador. Promesa eterna. A Neymar se le puede llamar de muchas maneras, mucho menos futbolista. Talento le sobraba para hacerse un espacio en la mesa con Messi, con Cristiano e incluso hacerle un guiño a glorias del pasado.

Nada de eso ha sucedido. Neymar se convirtió en un personaje prisionero de su propia fantasía.

Ahora que se va a Arabia Saudita ha pedido una casa con 25 habitaciones, cinco asistentes personales, piscina, bebidas a su gusto, y hasta chofer para que le vaya a poner el combustible a sus tres carros de lujo.

Por ningún lado aparece aquí un balón. El excrack brasileño es un actor de cine, pero no es un futbolista. Fracasó en el PSG y vive una vida de ensueño, lo cual es perfectamente entendible, pero no sincroniza con un futbolista en activo, que debe cuidarse, descansar lo suficiente y, sobre todo, querer jugar al fútbol.

Lo de Neymar refleja la obscenidad futbolística que hace creer que el balompié es este paraíso sin límites. Y no es cierto, alrededor del mundo hay miles de clubes modestos. Miles de entrenadores tremendamente calificados que con urgencias apenas llegan a fin de mes.

Lo de Neymar es una distorsión vulgar de los petrodólares saudíes, pero de ninguna manera refleja la realidad que vive el fútbol en el planeta.

Y lo más importante de todo: para triunfar en el fútbol y en la vida, hay que tener hambre, hay que saber esperar el momento, hay que forjar la oportunidad, no importa si para hacerlo, hay que luchar contra viento y marea, y el cuento de hadas de Neymar es solo eso: un cuento, mal contado, pero que mucha gente se cree.

Hambre de ser mejor y de triunfar, es lo que aconsejaba Menotti y fue lo que hizo Pelé, quien pasó de limpiar zapatos a la gloria universal a puro talento y compromiso.

 

Periodista, escritor y comentarista. Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez. Esta columna se publica a diario en FXD y EL JORNAL

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