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El triunfo de la dignidad

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Carlos Morales, escritor y periodista.
Carlos Morales, escritor y periodista *

 

 

(SAN JOSÉ, COSTA RICA, 24 DE JULIO, 2015-EL JORNAL). La dignidad muchas veces pierde, porque, como la verdad, tiene patas cortas; pero llega mucho más lejos.

Por eso, al paso de los años –los siglos, a veces– suele revelarse e imponerse a la torpeza, a la infamia, a la mediocridad y a la inverecundia. Lo malo es que (con tanto tiempo que pasa) casi nunca estamos aquí (los mismos), para contemplar tan raras epifanías de la historia.

Cuando en el 2008 los norteamericanos eligieron a Barack Obama como su Presidente, tuve una recóndita sensación de que algo grueso podría cambiar en la trayectoria de esa nación gigante, tradicionalmente aplastadora de negros. Su raíz keniana, su cuna humilde y su experiencia racial de oficinista en Chicago, no iba a mantener los mismos parámetros mentales de tantos yess-man de corporaciones y súbditos de mafias, que lo precedieron en la Casa Blanca. Costó mucho. Quizás demasiado, pero hoy, en los finales de su segundo y último periodo, estamos viendo de su propia mano, avances impredecibles en la historia del imperio.

El pacto nuclear con Irán, el affordablecare (atención médica y social más amplia), la tolerancia de género, la persecución de armas cortas, el apaciguamiento de Israel, el acercamiento con el Papa y algunos otros, son méritos que este gobernante se apunta.

Pero que haya decidido romper una estúpida política de apartheid contra Cuba después de 60 años, es algo que lo colocará en los anales históricos de las pocas mentes lúcidas que por el mundo han sido, como dijo el poeta.

Es su triunfo, pero también es el triunfo de quienes desde el otro lado, en la isla, soportaron por cinco décadas el bloqueo, la agresión, la carencia de repuestos, de medicinas, de alimentos, de mínima comprensión, incluso de sus hermanos latinoamericanos que, ante la fusta del gamonal, prefirieron dar la espalda al rebelde digno.

En mi libro más reciente dije que ese choque (Cuba-EE.UU) era un conflicto de dignidad, de honor, porque la isla no tenía, y no tuvo, más remedio que enfrentar al Goliat, aunque se hundiera por años en un mar de ayuno y congojas. Así lo exigía la dignidad de esa patria que inspiraron los negros cimarrones y que recogió en su bandera el mestizo José Martí. No había vuelta: o se mantenía en sus cinco piedras del honor, o Fidel se corrompía como los burdeles que el colonizador había sembrado en La Habana, desde la misma enmienda Platt.

Pero Fidel se mantuvo cerril, digno, indoblegable, y convenció de ello a su pueblo. Con sacrificios y algunos errores, pero con una frente en alto que hoy luce como una estrella en la 16th Street de Washington DC.

Pasaron diez gobernantes y Fidel les dijo bye a todos. Desde Ike hasta Bush. Ahora, cuando ese héroe emblemático de Nuestra América está pronto a cumplir 90 años y la historia lo absolverá, van a quedar dos imágenes como para esculpir en las montañas de Sierra Maestra: la suya y la del afroamericano, acaso con un fondo de barras quebradas que simbolicen la dignidad rescatada.

La dignidad de ambos. Y en cierta forma la de sus países. Son otros tiempos, y ambos líderes miraron tiempos nuevos con ojos nuevos. Obama hizo lo que pudo y Fidel más de lo que podía. Es una dicha.

*El autor fue ganador el Premio Nacional de Novela 2009.


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