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Don Orlando

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ENTRE PARÉNTESIS

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(SAN JOSÉ, COSTA RICA, 22 DE AGOSTO, 2015-EL JORNAL). Hay una anécdota de don Orlando de León que lo retrataba de cuerpo entero. Tras varios meses fuera de casa, por su labores técnicas, volvió y le prometió a su esposa y familia que esta vez se quedaría un tiempo sin dirigir, que ya era hora de darse un descanso.

Todo iba bien en los primeros días, pero antes de que finalizara esa primera semana, que culminaría con su promesa intacta, un dirigente del entonces agonizante Pérez Zeledón lo llamó para que les hiciera el milagro de salvar el equipo, que iba rumbo a la Segunda División.

La llamada y la promesa a su familia se pusieron cara a cara y es sabida la devoción que don Orlando tenía por su familia, no obstante, los lectores ya intuirán en qué paró aquella petición: en la puerta de la refrigeradora, escrita con un “pilot” de manera apresurada quedaba una explicación en la que daba cuenta de que en Pérez Zeledón lo requerían. La anécdota la contó en una nota la periodista Sandra Zumbado.

Su señora esposa no lo podía creer. O más bien, unos minutos después, sabía que en aquel llamado se le iba la vida, porque para don Orlando, aparte de su familia, solo existía un algo que le daba sentido de trascendencia a la vida en esta tierra: el fútbol.
Estuve en la final en la que Liberia perdió el ascenso con el Santos de Guápiles en casa y don Orlando era el técnico de los guanacastecos, y todavía puedo verlo pasearse por la línea técnica con su característico estilo.

Don Orlando, como dijo muchos años antes don Antonio Machado, era en el buen sentido de la palabra un hombre bueno.

En Los 11 poderes del fútbol Jorge Valdano insiste, una y otra vez, que las victorias solo tienen sentido si detrás de ellas hay un sentido ético de la vida, y don Orlando era eso precisamente: un hombre con una ética maravillosa, un hombre íntegro, que, como le sucedía a Maradona, nunca pudo concebir su vida sin un balón de por medio.

Su hija, Laura, resumió en un comunicado de manera excepcional lo que era don Orlando, al apelar a la necesidad que tenemos los seres humanos de vivir con pasión el largo sueño de la vida cotidiana.

En su larga trayectoria fue capaz de mejorar a los jugadores y personas con que se topó: ahí radicó su mayor éxito, al margen de su logros deportivos.

Como periodista lo traté en dos o tres ocasiones, pero puedo asegurar que he escrito estas líneas con una extraña nostalgia, por la certeza del gran ser humano que nos deja.

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Don Olando de León murió a los 70 años.

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