(LUNES 06 DE OCTUBRE, 2025-EL JORNAL). Cuando, hace más de 50 años, mi padrino Guido Fernández me auspició el primer viaje a Europa, me conminó para que visitara, sin falta, Madrid…, ¡con Franco y todo!
Irreverente y rebelde, como dicen que siempre he sido, yo le respondí que no… Le dije que no, porque desde mis años de remota infancia vivía deslumbrado por Darío, por los poetas modernistas, por el atractivo de luces y cultura que para mí representaba la capital del mundo: el París milenario de Julio Verne, de Alejandro Dumas, del expresionismo pictórico, de la generación perdida, del río Sena, del Louvre, de la Tour… Ella era mi objetivo.
El viaje sería corto y quería invertir todo mi tiempo en la ciudad de mis sueños o de mis delirios. ¡Y entonces me brinqué Madrid!

Pero yo sabía que Madrid era la ciudad amiga, filial, hermana de lengua y sangre, y que a ella volvería muchas veces, como en efecto sucedió.
Ahora he regresado a ella a despejar mis penas y a repartir mis libros, y la visita ha sido reparadora, reconfortante, rejuvenecedora.
Como la recorrí muchas veces junto a María, la conozco bien, y puedo moverme libre por su corazón y alrededores. En verdad su morfología urbana ha cambiado poco, y en su centro se puede decir que nada, por lo menos arquitectónicamente. Del río Manzanares al parque del Retiro o de Alcobendas a Villa Vallecas, la camino con regocijo, aunque ahora con más ayuda del Metro, pues han pasado muchos años y el subterráneo está cada día más joven y tecnológico y el pasajero todo lo contrario.
Cada día más bella, la metrópoli es gigantesca y no se puede pretender cubrirla toda ni en varios meses, pero para el impacto de actualización cultural, que es lo que ando buscando, con el centro me basta y sobra.
Allí casi no reside gente, aunque por sus famosas calles circulen día y noche millones de personas. En el veranillo de San Miguel, a mediados de septiembre, la Gran Vía, Alcalá, Los Jerónimos, Atocha, Montera, plaza España, el Callao y todas sus amplias avenidas de ocho o seis carriles, eran un amasijo de almas. Por cierto, bien destacable, mujeres bellísimas de pantaloncitos efímeros que podían venir de los suburbios o de Finlandia o de cualquier parte del Mundo.
Cinco millones de turistas la han recorrido en este primer semestre y 12 millones han pagado por lo menos una noche de hotel. Es una colmena, un hormiguero. Madrid se ha convertido, casi completa, en un gran centro alojamiento para viajeros. El mayor de Europa.


Como el turismo es el gran motor de sus ingresos, la ciudad se ha adaptado a una economía de servicios y los viejos hogares ancestrales que nos retrata la telenovela Cuéntame cómo pasó, ya no existen. Se han transformado en hoteles, pensiones, hosteles, hostales, Inns, en fin, tipos diversos de acogida que, remodelados ligeramente en su estructura, aprovechan el auge del Airbnb y convierten en Euros lo que antes era solo el placer de compartir la vida familiar. Toda una revolución, con sus beneficios y congojas.
Es el fenómeno de la gentrificación, que ya despierta querellas y marchas en Barcelona, Zaragoza y Canarias. Hay un notable influjo del extranjero. Es el que paga y, por tanto, el que manda. Los atractivos de la legendaria Magerit, fundada por los musulmanes en el siglo IX, su clima, su paisaje y su Museo del Prado, hacen que el imán siga aumentando. La guapa Presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso, la mantiene viva, vibrante y llena de encantos para el visitante. Lástima que en visión política no tenga esa lucidez.
La oferta cultural es impresionante y se da lo mismo en el Reina Sofía a 20 dólares la entrada, que en la plaza Mayor o en Sol y Callao, sin tener que pagar nada. Y esos shows callejeros van desde malabaristas ucranianos con bolas de colores, hasta ensembles de música clásica que interpretan a Vivaldi. Sin faltar la masiva marcha diaria por el pueblo palestino o bien por la protección de los animales y en contra de la tauromaquia, única en la que pude participar a pesar de que siempre me gustó esa tradición hasta que mi fallecida esposa me la fue quitando con la dulzura de sus ojos zarcos.


El teatro mantiene monumental oferta todo el año, con obras propias o importadas y mucho musical. Están en cartelera El Rey León, que lleva añales, Los miserables, Witcked, Cabaret, El gran Nino y se duplicarán los títulos para octubre.
Me pareció que, debido a los festivales de cine de estas fechas (Canes, San Sebastián, etc.) la cartelera teatral se movió un poco hacia octubre, que es cuando viene el fuerte de estrenos. Aun así da para mucho, y pude ver Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, en Bellas Artes, que me pareció un montaje retador, buena escenografía y de temática burguesa sin faltar lo gay.
También encontré en El Alcázar la comedia argentina Un dios salvaje que resulta apenas divertida. Evidentemente no pude ir a La Latina ni al Centro Colón, ni a cientos de escenarios más, que ya mis piernas no alcanzan.
El cine español es de lo mejor que se hace en el mundo y cada mes hay algún festival. No pude ver Sirat, ganadora de Cannes y candidata al Oscar por España, ni Los domingos o Más Palomas, que arrasaron en San Sebastián y Canarias. De esos títulos se hablará todo el año.


La tendencia wok que le critican al gobierno de Pedro Sánchez, puede traer reacciones negativas, pues las concesiones al feminismo ultra, a la comunidad LGBTIQA+ ya despierta violenta reacción en contra y terminará dañando lo que pretendía defender, como pasó aquí con la rebelión de las avispas.
Se exagera el tono, y una bella película de Alejandro Amenábar, El Cautivo, se toma la libertad de representar a don Miguel de Cervantes como un homosexual declarado en su cautiverio de Argel. La licencia poética está en su derecho de intentar lo novedoso, lo atrevido, pero aparte de resultar inverosímil, en este caso parece una concesión a la caja registradora, lo cual le resta valor histórico al filme. Acaso la peli que viene no será tal vez sobre Jesucristo, que: como nunca se casó… O quizás otra sobre el Buda, que también se veía muy solito por sus andurriales de la India.


En todo caso, la ciudad brinda una oferta cultural variada y magnetizante, por lo que mientras la bestia Trump domine las fronteras de Broadway, y sus alrededores, podemos ir pensando en cambiar la ruta y les garantizo que puede resultar mejor y en nuestro bello idioma. De por sí acá viene todo lo de New York y además lo de Buenos Aires, si el cretino de Milei no lo amedrenta más.
El clima anda un poco loco eso sí. Antes cada estación estaba en lo suyo. Ahora no. Esta vez, entrado el otoño, la ciudad soportaba 37 grados Celsius, pleno verano; y de un momento a otro, bajó a 9 grados en la mañana. Frío del carajo.
Entonces una bolsita para cargar chaqueta o paraguas y a repartir los libros, que de eso se trata.
Sin ningún apoyo de medios informativos, ni de la embajada de Costa Rica que dicen que es menos que nada desde hace años, logré muchos contactos interesantes que podrán originar noticias a futuro y que dejo documentados en la serie de fotos, incluida la que algún fantasma me captó en la Tour Eiffel en ese 1970 de mi primera incursión parisina y que ha rescatado mi hermana de algún baúl añejo.
Au revoir.






