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Tres mujeres en mi vida

                            EL PLACER DEL TEXTO

El placer del texto

 

(SAN JOSÉ, COSTA RICA, 08 DE MARZO, 2016-EL JORNAL).  El Día Internacional de la Mujer no es más que una bandera al aire, para agitar las conciencias y hacerle ver a un sector de la sociedad de la trascendentalidad de la mujer como ser único e irrepetible, pero hablar de la mujer en general, es como hablar de las rosas en plural.

Por eso hoy voy a hablar de tres mujeres, con rostro, con manos hacedoras, con luchas, con batallas ganadas cuando parecía que todo estaba perdido. Son mujeres que me han enseñado más en la vida en diez minutos que todos mis años en la universidad.

La primera de ella es mi madre. Argentina se llama. Nombre que nunca le ha gustado, porque en verdad el deseo de sus padres es que se llamara María Cristina, pero un problema auditivo del padre cambió el curso del bautismo hasta nuestros días.

Mi madre, como su mamá estaba enferma, tuvo que abandonar la escuela en tercer grado para ayudar a cuidar a sus hermanos menores. Apenas tuvo tiempo formal para aprender a leer y a escribir, pero eso le ha bastado para imponerse a las adversidades y enarbolar la victoria de haber sacado a cuestas a sus tres hijos, sin más ayuda que su trabajo inquebrantable y un amor desmesurado por sus vástagos.

La otra mujer de la que les quiero hablar es de mi tía Socorro, quien hace tres años enfrentó un cáncer de mama y cuando se le vino la noche encima, fue cuando nos dio su mayor lección de valentía, coraje, y compromiso con la vida.

Ha tenido tantas adversidades juntas, que cada vez que la veo, una voz interna me dice: nosotros los hombres somos unos pendejos frente a la convicción de una mujer.

La tercera mujer que deseo nombrar en esta columna es mi tía Ana Virginia, conocida como Nana, también con una capacidad de resolución y de lucha avasalladora, tanto que le alcanzó para educar a su hijo sola, sin el concurso de una figura paterna decorativa.

Y la cuarta mujer que quisiera nombrar merece no unas líneas, sino un tratado entero, y fue mi abuela Rosalina, que tuvo 12 hijos y 12 nietos, pero en verdad ella requiere un homenaje mayor.

Con las tres mujeres citadas he aprendido que las adversidades solo son una fragancia pasajera en este largo caminar que es la vida, y que ese poder de determinación interno es una fuerza indestructible, capaz de mover montañas y obrar milagros.

Aunque me gusta hablar de las mujeres con nombres y apellidos y apreciar en su piel las marcas de tantas luchas libradas, sospecho que las tres que he nombrado tienen los mismo genes de la mujer como protagonista principal de nuestras vidas.

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