Una mirada desde la historia
(JUEVES 25 DE SEPTIEMBRE, 2025-EL JORNAL). En una era donde el bienestar se ha convertido en terreno de disputa entre algoritmos, métricas y promesas de eficiencia, vale la pena detenerse y reflexionar: ¿qué sabemos, en el fondo, sobre la felicidad? No como producto que se consume, sino como vivencia profundamente humana. A lo largo de la historia, el pensamiento nos ha ofrecido una brújula invaluable, trazada por filósofos, teólogos, científicos y soñadores que, desde sus propias coordenadas temporales, han intentado responder a la misma pregunta: ¿qué significa, realmente, vivir bien?
Desde la Grecia clásica, la felicidad fue entendida como virtud, armonía interior y realización del potencial humano. Sócrates, Platón y Aristóteles no hablaban de placer inmediato, sino de una vida con propósito, guiada por la razón y el carácter. Epicuro, más pragmático, nos recordó que la tranquilidad del alma y la ausencia de dolor también son caminos válidos hacia la plenitud. Los estoicos, por su parte, nos enseñaron a aceptar lo que no podemos controlar, y a encontrar paz en medio del caos.
Durante la Edad Media, la felicidad se volvió trascendente. Agustín y Tomás de Aquino la situaron en Dios, en la contemplación y en la fe. Y aunque hoy muchos prefieren separar espiritualidad de bienestar, no podemos ignorar que la búsqueda de sentido sigue siendo una necesidad profunda.
Con el Renacimiento y la Ilustración, la felicidad regresó al cuerpo, a la razón y a la sociedad. Montaigne reivindicó el placer de vivir, Spinoza la libertad interior, Hume las emociones, y Bentham y Mill nos invitaron a pensar en el bienestar colectivo. ¿Qué es más justo que buscar el mayor bien para el mayor número?
Ya en el siglo XX, la psicología y la economía entraron en escena. Maslow, Rogers, Fromm y Frankl nos hablaron de autorrealización, autenticidad, amor y sentido. Easterlin nos mostró que el dinero no compra felicidad sostenida, además Amartya Sen nos recordó que el bienestar depende de nuestras libertades reales, no únicamente de nuestras posesiones.
Hoy, la psicología positiva y la neurociencia nos ofrecen herramientas prácticas: gratitud, altruismo, relaciones humanas, meditación y propósito. Pero también corremos el riesgo de convertir la felicidad en una lista de tareas, olvidando que no se trata de acumular momentos felices, sino de construir una vida significativa.
El reconocimiento internacional hacia Costa Rica por su enfoque en el bienestar sostenible representa un hito significativo en la narrativa global del desarrollo humano. Sin embargo, este logro no debe traducirse en complacencia. Más bien, plantea el desafío de profundizar el aprendizaje colectivo, integrando los aportes más valiosos de cada época para consolidar una cultura del cuidado que trascienda los indicadores. Una cultura que se manifieste cotidianamente en los espacios públicos, en el sistema educativo, en el ámbito laboral y en la vida doméstica.
La historia de la felicidad no sigue un trayecto lineal. Es un mosaico intuiciones filosóficas, hallazgos científicos, tensiones culturales y contradicciones. En ese entramado diverso, emerge una verdad profunda: la felicidad no se decreta, se cultiva con intención. No se reduce a métricas, se experimenta en la vida cotidiana. Y, por encima de todo, no florece en el aislamiento, sino en el vínculo con los demás.
