(EL JORNAL, martes 15 de septiembre, San José, Costa Rica). El actual gobierno de la presidenta Laura Fernández, fiel al estilo instaurado por el caudillo del movimiento al que representa, enarbola la confrontación como bandera.
Aquella celebración de luces, colores y un verdadero patriotismo, hoy se hace añicos ante la errática ruta elegida por la presidenta Fernández, que respira el aire que le presta su mentor.
Los encontronazos entre la presidenta y la prensa, entre el jaguar mayor y ciudadanos, evidencian un deterioro creciente de aquella Costa Rica que ayer, en un ayer no muy lejano, era espejo de los países de América Latina.
Hoy esa imagen de concordia, de convivencia, de sano respeto entre los costarricenses, sin importar las ideologías cada uno defienda y represente, simplemente se ha ido al basurero.
Hoy prima la confrontación, el ruido, el grito, los gestos infantiles y vergonzosos, cuando de por medio estaba nada menos ni nada más que una fecha cumbre para Costa Rica y Centroamérica.
Los seguidores del actual gobierno disfrutan y defienden una causa que, tarde o temprano, les golpeará en su propia vida y si cae el sistema equilibrado de poderes –Legislativo, Ejecutivo y Judicial– para dar paso al autoritarismo y a la dictadura, serán los primeros en sufrir en carne propia el lenguaje de la ignorancia que los movió, pero para entonces será demasiado tarde para ellos y para el resto del país que verá como la democracia forjada en el civismo, se desploma ante los intereses privados de unos pocos, que ven al Estado como la gran caja chica para hacer negocios e imponer la violencia y la desolación.
De ahí que la confrontación como bandera no sea una acción aislada ni inocente, sino que forma parte de una trama para llevar al país al despeñadero.
