(DOMINGO 08 DE JUNIO, 2025-EL JORNAL). «Amor se escribe sin hache» es un titular extraordinario del novelista y humorista español Enrique Jardiel Poncela.
En sí mismo podría decirse que el titular es una greguería, un recurso muy utilizado por Ramón Gómez de la Serna. La greguería, como la definió hace muchos años un colega en un taller literario, es «una frase capaz de conmover a una estatua».
Podría escribirse mucho acerca de ella, pero la definición anterior es tan magnífica, que no hace falta añadirle nada más.
La novela de Enrique Jardiel Poncela de 1928, posiblemente, hoy no se podría publicar por la forma en que está hilado el contenido, pero lo que me interesa destacar es que, sin pretenderlo, el titular llama la atención, con una ingeniosidad sin par, sobre el correcto uso de la ortografía, que es una de las plagas de nuestro tiempo.
Como nunca antes en la historia, en la actualidad se escribe demasiado, como corolario de la aparición de la World Wide Web, pero la explosión en el uso del lenguaje escrito, trae consigo una sombra enorme: el descuido ortográfico y de redacción, que parecen ser el mismo asunto, pero no lo son.
Una falta de ortografía en cualquier tipo de texto es como lanzarle un ladrillo a un prospecto que observa en la tienda o en la web con el fin de ganar confianza y traducirla en una compra. Es, en realidad, una verruga en el contorno, como diría el dilecto poeta, enyasista y periodista, José Martí.
Aunque de entrada una falta de ortografía parezca un detalle menor, es todo lo contrario. Según la magnitud de la falta, todo el andamiaje puede venirse abajo. Igual sucede con una redacción oscura y una puntuación deficiente. Pese a que el contenido en sí, por encima de las consideraciones analizadas, pueda resultar de interés, de manera inconsciente el lector terminará por abandonarlo. El texto escrito debe ser como correr los 100 metros lisos y no los 100 metros con obstáculos.
Si el texto no fluye, porque las comas y los puntos están en el lugar inadecuado, poco a poco la luz del escrito se va apagando, hasta terminar en la oscuridad.
De ahí que sea imprescindible, en cualquier tipo de comunicación escrita, lograr una claridad de forma y de fondo que invite al lector a llegar hasta el final.
Parece una tarea fácil y sencilla, pero en realidad es un reto como el del tamaño de una catedral y sin el entrenamiento preciso, muchas veces se muere en la orilla. Por eso, a menudo, se presentan escritos de pobre impacto y que erran en su objetivo primordial: establecer una comunicación directa y sugestiva.
De ahí que cuando alguien escucha por primera vez «Amor se escribe sin hache», de forma instintiva se voltea para comprobar quién fue capaz de pronunciar semejante joya idiomática, con lo cual reconoce en el acto el poder de la palabra.
*El autor es periodista, máster en literatura y Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez.
