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La gran historia de amor de Saramago

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CIUDAD Y CAMPO

José Eduardo Mora

 

Acaba de salir a la venta Claraboya, la primera novela de José Samarago, la cual estuvo por mucho tiempo olvidada y perdida en el tiempo, a tal punto que el Nobel optó por no publicarla en vida.

Y vale la ocasión para hacer un homenaje a Pilar del Río, quien decidió publicarla, por considerar que puede ser un documento útil para entender la evolución de Saramago como escritor.

Y en esa evolución ella desempeñó una función trascendental y de tal envergadura, al ser su traductora y musa, que no es posible imaginar la consagración del autor del Evangelio según Jesucristo, sin su presencia.

Cuando Saramago se había resignado a un reino terrenal pequeño y casi oculto, y cuando ya había archivado sus aspiraciones del corazón, un día recibió una misteriosa llamada de una periodista sevillana que quería conocerle y ese fue el inicio de una aventura amorosa, política e intelectual, solo era esperable en un cuento de hadas.

Hubo una química entre el viejo Saramago, que rondaba los 60 años, y la periodista que andaba por los 37. Fue tal el entusiasmo que el creador de Memorial del Convento se encontró un día en un bus rumbo a Sevilla y se preguntó así mismo qué hacía un viejo como él en esos haberes, sin embargo, no interrumpió el viaje, y ese viaje, y ese encuentro, le cambiarían para siempre la vida.

En una entrevista, Pilar y Saramago rememoran ese día, y al verla uno está seriamente tentado a creer que el amor existe, y que el olvido y la desmemoria solo son datos ornamentales que pasan como  un telón de fondo en las historias humanas.

Aquel encuentro no solo propició el amor al viejo y cansado Saramago, sino que inspiración de Pilar del Río le sirvió para hallar la motivación que poco a poco había perdido en las intricadas redes políticas que dominaban al mundo.

Y después del inverosímil pacto de amor, un 10 de diciembre de 1998, el hijo del abuelo analfabeto de Azinhaga, recibía el Premio Nobel de Literatura, y todo había comenzado con una novela impublicable llamada Claraboya, y con una musa que le dio al escritor el aliento que sus tristes huesos ya no encontraban en la realidad del mundo.

 

 

 

El Jornal, 2012.

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